Hace unos años, me encontraba por motivos
laborales en Balaguer (diócesis de Urgel, provincia de Lérida) el día de la Presentación del Niño Jesús en
el Templo y la Purificación de María, 2 de febrero.
En la ciudad, de unos veinte mil habitantes, existe un convento de monjas clarisas, de la que la basílica del Santo Cristo de Balaguer (templo jubilar) es iglesia conventual. Se trata de uno de los conventos de clarisas más antiguos de la Península Ibérica, en el que la comunidad originaria fue reemplazada hace poco más de una década, por motivo de traslado de la comunidad por su envejecimiento, por otra comunidad, bastante sui generis: una anciana abadesa española y 8 ó 9 monjas jóvenes provenientes de Guatemala. Un caso de lo que el difunto papa Francisco definió, con su vulgaridad habitual, “inseminación artificial de vocaciones”. Que no por vulgar deja de ser cierto.
La Misa en el convento de las monjas me iba
muy bien por horario, siendo temprano por la mañana, y asistí. La “puesta en escena” era ya bastante
extraña. Pero uno ya está acostumbrado, desgraciadamente, a ver todo tipo
de rarezas en la liturgia católica. Éramos pocos fieles; no creo que más de
quince. La comunidad religiosa, en lugar de estar durante la Misa en lo que
parece ser un coro lateral con una magnífica reja, estaban sentadas en el
presbiterio, a ambos lados del altar, en sillas plegables, a la manera de dos
coros, con sus libros de cantos puestos a los pies de las sillas (me recordó a
mis años universitarios, con todos los libros por el suelo alrededor de
aquellas incómodas sillas con una plataforma para escribir).
La Misa se desarrollaba de manera “normal”
/anodino (liturgia “ratonil”, como la define una gran amiga; la que ha llevado
a miles de católicos a la pérdida de la fe). Nada llamativo. Nada de misterio.
La abadesa tocaba un órgano y algunas monjas cantaban ante un micrófono, todas
impecables en sus bellos hábitos. Pero entonces sucedió algo extraño: cuando
llegó el momento de la consagración, una de las hermanas se dirigió hacia el
sagrario con un pedazo de ropa en la mano, abrió el tabernáculo y extrajo un
copón, que depositó sobre el altar. El sacerdote consagró dos cálices y, a la
hora de comulgar, colocó uno de los cálices en el extremo derecho del altar y,
mientras él se dirigía a dar la comunión a los pocos fieles que estábamos en
los bancos, las monjas, en fila, tomaban con la mano la hostia consagrada, la
introducían en el cáliz y comulgaban en una ceremonia de self-service bajo las
dos especies. Hasta donde yo sé, esa manera de comulgar no está permitida por
la Iglesia. Tampoco el número de fieles justificaba consagrar dos cálices y que
las religiosas comulgaran de aquella manera, que me pareció escandalosa.
Lo poco que restaba a la Misa continuó hasta
que, sin finalizar la Misa (es decir, sin decir “podéis ir en paz”), el
sacerdote revestido se sentó en una sede colocada en el lado izquierdo del
altar, mientras que las monjas entraban al coro y volvían a salir DISFRAZADAS,
como pueden ver en la imagen, con tules y túnicas sobre sus hábitos, para
representar lo que posteriormente vi en su cuenta de Instagram que era el “auto” de la presentación del Niño Jesús en
el templo.
Al parecer, la particularidad más destacada
de esta comunidad de Hermanas Pobres de Santa Clara son sus conocidos bailes en el templo, bien sea
inmediatamente antes o después (o durante) la Misa, y que en pocos años ellas han pasado de llamar “coreografías” a “autos” y,
actualmente, “actos sacramentales”. Y, a pesar de su ortodoxa vestimenta
con hábito, la abadesa es una monja con
un amplio historial conflictivo con diferentes estamentos y personas
eclesiales, además de ser muy heterodoxa y progresista en sus planteamientos.
Por eso es controvertida la cuestión de sus “autos sacramentales”.
Llegados a este punto de horror y sonrisas de embarazo entre los fieles, me gustaría
comentar algunos aspectos de este “auto”: comienza con dos monjas, como pueden
ver en la imagen, sosteniendo palmas. Aparecen entonces dos hermanas
disfrazadas de María y José, una sosteniendo al Niño y la otra, con la ofrenda
de dos tórtolas. En el presbiterio, la abadesa, vestida con una túnica roja,
las espera realizando movimientos rítmicos, acompañados por música de fondo
grabada, y haciendo a veces que toca una especie de cuerno. Las monjas que
hacen las veces de la Virgen y San José ascienden al presbiterio y la abadesa
toma en sus manos al Niño y lo alza (a la manera del anciano Simeón, imagino).
Entonces, el Niño pasa de mano en mano de todas las religiosas en círculo en el
presbiterio, hasta que es colocado en el pesebre. A continuación, otra hermana
sube al presbiterio mostrando el Leccionario con los brazos alzados - a la
manera como el diácono podría dirigirse con el Evangeliario para proclamar la
Palabra de Dios en la Misa – y coloca el libro como expuesto en un nivel
superior al del Niño Dios, delante del altar. Entonces, varias hermanas, a
ambos lados del altar, se arrodillan sosteniendo en alto velones encendidos,
mientras la Madre Abadesa ELEVA UN CÁLIZ Y UNA PATENA situada tras el altar,
como el presbítero en la Misa novus ordo. Resulta escandaloso; sobre todo, si
se tiene en cuenta el talante modernista de esta problemática monja y cómo le
gusta predicar desde el ambón siempre que puede, por lo que he podido saber.
En primer lugar, veamos el concepto: auto sacramental. En una enciclopedia católica online
he podido leer que los términos autos y misterios se utilizan para designar el
drama (en su acepción de representación teatral) religioso que se desarrolló
entre las naciones cristianas a fines de la Edad Media. Las representaciones
embrionarias, que al principio se realizaban en el interior de las iglesias,
han sido llamadas “dramas litúrgicos”. En la misma enciclopedia católica puede
leerse que los autos son “autos sacramentales”, que se explican como “una forma de literatura
dramática peculiar en España (…) que se puede definir como una representación
dramática del misterio de la Eucaristía”.
En otras fuentes se puede leer que un auto sacramental sería una obra de teatro religiosa, una clase
de drama litúrgico, de estructura alegórica, representado en el día del Corpus
Christi durante los siglos XVI y XVII, hasta que el género fue prohibido por la Iglesia en 1765. Al parecer, el auto
sacramental usaba un gran aparato escenográfico y las representaciones
comprendían en general episodios bíblicos. En España, grandes autores como
Pedro Calderón de la Barca, Tirso de Molina y Lope de Vega compusieron autos
litúrgicos.
El auto sacramental más antiguo del que se tiene
constancia es el anónimo “Auto de los Reyes Magos”, del siglo XII. Desde el principio, sin embargo, los autos
sacramentales se relacionan con la Eucaristía y el Corpus Christi. Así se
difunden a partir del siglo XV. Posteriormente, se generaliza el acto, aparecen
piezas y temáticas religiosas y se compilan, llegando a contar con compositores
de la talla de Calderón de la Barca en el siglo español.
El siglo XVII representa su momento de crisis:
algunos autos se presentan de manera cómica, poco rigurosa e incluso
irreverente y blasfema. Son cuestionados también sus valores literarios y
doctrinales. Y, finalmente, en 1765, una real cédula del 11 de junio prohíbe la
representación de los autos sacramentales.
Si nos centramos en los “autos sacramentales”
representados por las monjas clarisas de Balaguer, al parecer, son compuestos
por ellas mismas, exhibiendo un amplio repertorio de “autos” y “coreografías”
en diferentes tiempos del año litúrgico, tal como ellas mismas muestran en su
cuenta de Instagram y su canal de Youtube (del que ha sido tomada la imagen
para este texto). El “auto” representa la leyenda del Sant Crist de Balaguer,
el de la presentación de Jesús en el Templo, el Nacimiento del Señor, la solemnidad
de Santa Clara y otros. Si nos fijamos en las representaciones de las clarisas,
no existen diálogos, sino que se trata
de danzas acompañadas de música en las que las diferentes monjas, con tules
de diversos colores que cubren sus hábitos, representan, siempre en silencio,
los respectivos roles. Por tanto, tal vez era más adecuado el nombre que
empleaban inicialmente, “coreografías”, que el de “autos sacramentales”, por el
carácter de la performance.
En segundo lugar, nos encontramos con la
cuestión del momento de representación
del auto sacramental. Al parecer, inicialmente los autos se representaban
en las iglesias o sus pórticos, para posteriormente, en los siglos XVII y
XVIII, pasar a representarse en plazas públicas. Tratándose de una suerte de obra
de teatro religiosa, no parece que se
haya realizado inmediatamente antes o después, y mucho menos durante, una Misa.
Sin embargo, éstos son los momentos en que las clarisas de Balaguer representan
sus danzas. Durante la Misa, efectivamente, representan algunos de estos
autos después de la Comunión y antes de finalizar la Misa.
Si repasamos las cuestiones de que no son
obras teatrales representadas a la entrada del templo o en plazas sino simples
coreografías a partir de pasajes bíblicos, ¿no
será que estamos, en realidad, ante una especie de “danza litúrgica”, más que
un auto sacramental? Puede ser una trampa de la abadesa, prolífica
escritora e “historiadora” de la orden franciscana, la de intentar colar por
algo con solera histórica lo que no es más que un pueril bailecito. Bailes en
el templo que, además, como podemos leer en abundantes fuentes, “el baile o danza dentro de la liturgia no
está permitido, excepto en algunos casos de tierras de misión en África o
Asia, y no cualquier clase de baile o danza”. En el documento sobre “Danza en
la Liturgia” de la Sagrada Congregación para los Sacramentos y la Alabanza
divina (Notitiae, 1975, pps. 202-205), la citada Congregación establece
específicamente que la danza litúrgica
no es apropiada en países occidentales. Al respecto, el cardenal Francis
Arinze indica claramente que “el baile no es conocido en el rito latino de la
Misa”. Por tanto, “si se ha de dar la bienvenida a la danza religiosa en
Occidente, se tiene que tomar cuidado de que tome lugar fuera de la liturgia”.
El mismo Joseph Ratzinger había escrito en su obra “El espíritu de la Liturgia”
que “bailar no es una forma de expresión
en la liturgia cristiana (..). Es totalmente absurdo tratar de hacer una
liturgia ´atractiva´ introduciéndole pantomimas danzarinas”.
Pueden ver ustedes mismos más danzas de estas monjas en su canal de Youtube.
Qué pereza, ciertamente, este tipo de
personajes y acciones en la Iglesia. Porque, mientras los buenos sacerdotes son
perseguidos por los obispos, esperpentos como estos pseudo-autos sacramentales son permitidos, siendo heterodoxos,
además de estéticamente discutibles. El mismo Wanderer se las ventiló de un
plumazo calificándolas de ridículas al hilo de la aprobación del “rito
litúrgico maya”.
Qué varas de medir tan distintas tienen
nuestros episcopoi, aunque se observa
un denominador común: su odio a la tradición, que está alcanzando unos niveles
de censura y cancelación nunca vistos.

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