La enseñanza tradicional de la Iglesia Católica en materia de moral sexual y los orígenes de la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II
Parte I.
Hace unos días se publicó un
texto en Infovaticana sobre la saturación de influencers y
movimientos neoconservadores que predican sobre noviazgo, sexo y matrimonio, en
una probable mala interpretación de la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II.
En algún comentario se me acusaba de puritanismo, argumentando que los jóvenes ya están saturados de sexo en esta sociedad hipersexualizada. Pero precisamente por eso planteaba yo la pregunta de si la Iglesia, en una sociedad hipersexualizada, tiene que ofrecer lo mismo que el mundo.
Y si es lícito, ante el cambio cultural del mundo, un cambio de enfoque en la praxis de la Iglesia como es la aplicación de la teología del cuerpo (en adelante, TdC). Que yo sepa, no soy jansenista ni puritana; pero sí me pregunto si no existen otros temas y si estos neoconservadores centrados en la TdC no son, al fin y al cabo, como los músicos del Titanic, que siguen tocando su música mientras el barco se hunde.Cierto es que seguramente la Iglesia está predicando la
castidad antes del matrimonio como no había predicado desde el Concilio
Vaticano II, y ciertamente ésta es una cuestión muy positiva.
No entramos en
el texto anterior, sin embargo, en las catequesis mismas de Juan Pablo II, sino
sólo en su interpretación y aplicación por parte de otros. Vamos a ver ahora cómo encajan estas catequesis del papa
polaco en la enseñanza tradicional de la Iglesia en materia de moral sexual.
Vamos a basarnos para ello sobre todo en diversos estudiosos de temas católicos
de enfoque tradicional.
Comencemos
por definir de qué vamos a hablar. La
«Teología del cuerpo» es el título de una serie de catequesis que el Papa Juan
Pablo II dio entre septiembre de 1979 y noviembre de 1984. Para resumir la
exposición que sigue, diremos ya de entrada que, al evaluar esta doctrina a la luz de la Tradición, la mayor parte de
los autores consultados consideran que la
posición central no representa un avance de las enseñanzas de catolicismo (en
el sentido de una clarificación, o profundización de esas enseñanzas), y que
supone en realidad una ruptura con éstas; que es algo novedoso en otras
palabras. Por eso hay autores que consideran que no se puede describir a la TdC como una doctrina católica,
sino más bien como meditaciones personales de aquel Papa. De hecho, lo
novedoso de la TdC hizo que se popularizase al respecto un juego de palabras
que venía a decir que “al igual que
Blondel y de Lubac descubrieron el “auténtico cristianismo” con 2000 años de
retraso, así Karol Józef Wojtyla (el papa Juan Pablo II) descubrió la
“auténtica sexualidad cristiana” para la Iglesia a los 2000 años de su
existencia”, como si para tal tarea
la Ley Natural, las Escrituras, el Magisterio de la Iglesia y la Tradición
hubieran demostrado ser inadecuados.
Bromas aparte, existe una curiosa
y poco casual relación en el origen
del desarrollo de las ideas de San Juan Pablo II acerca del amor conyugal desde
los años 1940, su participación en
la redacción del esquema del amor conyugal en Gaudium et Spes y el estudio de
una nueva aproximación por parte de la Iglesia al control de la natalidad, que
con posterioridad devendrían en los métodos “naturales” (de planificación
familiar).
Para comprender por
qué esta enseñanza de San Juan Pablo II representa una discontinuidad en la
enseñanza de la Iglesia sobre la moral sexual, veamos qué es lo que la Iglesia siempre enseñó: que
el matrimonio tiene tres finalidades, ordenadas de manera jerárquica: 1)
procrear y educar a los hijos; 2) la asistencia mutua de los cónyuges; 3) como
remedio a la concupiscencia. Por ese orden
jerárquico, la iglesia enseña que la
primera finalidad es también la principal finalidad.
Repasando
cronológicamente documentos magisteriales al respecto, Casti Connubii, del
papa Pío XI, es considerada por muchos como el mejor documento sobre el
matrimonio. En este documento se afirma lo siguiente: “Esta fe conyugal (...),
que san Agustín llama muy acertadamente «fe de la castidad», florece más
libremente, más bellamente y más noblemente cuando se arraiga en ese suelo más
excelente, el amor del marido y la mujer, que impregna todos los deberes de la
vida matrimonial y ocupa un lugar privilegiado en el matrimonio cristiano.
Porque la fe matrimonial exige que el marido y la mujer estén unidos por un amor especialmente santo y puro, no
como se aman los adúlteros, sino como
Cristo amó a la Iglesia. Este precepto lo estableció el Apóstol cuando
dijo: «Maridos, amad a vuestras mujeres, como también Cristo amó a la Iglesia»,
esa Iglesia que Él abrazó con un amor sin límites, no por su propio beneficio,
sino buscando únicamente el bien de su Esposa (…). El amor del que hablamos no
se basa en la lujuria pasajera del momento ni consiste solo en palabras
agradables, sino en el profundo apego del corazón que se expresa en la acción,
ya que el amor se demuestra con hechos. Esta expresión exterior del amor en el
hogar exige no solo la ayuda mutua, sino que debe ir más allá; debe tener
como objetivo principal que el hombre y la mujer se ayuden mutuamente día a día
a formarse y perfeccionarse en la vida interior, para que, a través de su unión
en la vida, puedan avanzar cada vez más en la virtud y, sobre todo, para que
puedan crecer en el amor verdadero hacia Dios y hacia el prójimo, del que,
en efecto, «depende toda la Ley y los Profetas». Porque todos los hombres, sea
cual sea su condición, cualquiera que sea la honorable profesión que ejerzan,
pueden y deben imitar el ejemplo más perfecto de santidad que Dios ha puesto
ante el hombre, es decir, Cristo Nuestro Señor, y, con la gracia de Dios, llegar
a la cima de la perfección, como lo demuestra el ejemplo que nos han dado
muchos santos.
A
partir de estas palabras de Pío XI, el profesor Peter Kwasniewski considera que
la TdC de San Juan Pablo II es compatible con la enseñanza tradicional, pues se
centra, como veremos, en el amor entre los esposos. Michael
Waldstein ha explorado esta cuestión de forma exhaustiva y ha llegado a la
misma conclusión[1].
Con posterioridad a Casti Connubii, el Papa Pío XII definió la doctrina tradicional y condenó explícitamente la inversión de los
fines del matrimonio que ya venían dándose entre algunos teólogos en la primera
mitad del siglo XX, tanto en De
Finibus Matrimonii, de 1944, como en el
‘Discurso a las Matronas’, de 1951. En la primera, rechaza la teoría de que ‘el
mutuo amor y la unión de los esposos deberían ser desarrollados y
perfeccionados por la auto entrega corporal y espiritual’; en el segundo,
agrega que ‘tales ideas y actitudes contradicen clara, profunda y seriamente el
pensamiento cristiano’.
Sin embargo, la
visión condenada por el Papa Pío XII, así como tantas posturas heterodoxas,
posteriormente recuperadas en el Magisterio, de modo oblicuo, mediante el
Concilio Vaticano II. La mayoría de autores que han estudiado la TdC
afirman que esta visión condenada entró después en el Código de Derecho
Canónico, en el Nuevo Catecismo y en varias encíclicas; visión promovida y popularizada por la TdC y que ha encontrando su
forma más burda, hasta la fecha, en Amoris Lætitia.
Por todo esto, la mayoría de autores que han estudiado la TdC de San Juan Pablo
II, que a su aproximación filosófica de personalista y
subjetiva se suma un giro
copernicano en relación a los fines jerárquicos del matrimonio[2].
Los temas principales de la nueva
filosofía y teología propias de Wojtyla acerca de
la dimensión corporal del amor humano,
la sexualidad, el matrimonio y el celibato se gestaron y tomaron su forma
concreta a través de un largo período que empezó incluso antes de su
ordenación sacerdotal en 1946 y continuó cuando fue hecho obispo auxiliar y
luego el Cardenal Obispo de Cracovia, Polonia (1958-1978)[3].
Siendo
obispo auxiliar de Cracovia, los cursos 1958 y 1959, Karol Wojtyla impartió una
serie de charlas dirigidas a universitarios en la Universidad Católica de
Lublin, centradas en la moral sexual católica, las relaciones conyugales, la
castidad y la ética sexual. Las charlas fueron recopiladas en el volumen “Amor
y responsabilidad”, publicado por primera vez en 1960, en lengua polaca. Las
ediciones en francés e italiano se publicaron en 1965, pero la versión inglesa
no vio la luz hasta 1981. El título
alternativo de su obra, Teología del Cuerpo, lo puso el mismo papa.
Pero hemos visto que la enseñanza de ciertos
autores modernos, que la TdC asume, de que el bien de los cónyuges (cf. la
segunda finalidad) está al mismo nivel, o a un nivel superior, que el bien de
los hijos (cf. la primera finalidad), ya había sido condenado por el magisterio.
Una declaración de la Santa Sede en marzo de 1944 (AAS XXVI p.103) hace la
pregunta: «¿Puede ser admitida la doctrina de ciertos escritores modernos que
rechazan que la procreación y educación de los hijos es el fin principal del
matrimonio, o que enseña que los propósitos secundarios no están necesariamente
subordinados a la primera finalidad y que de hecho tienen un valor equivalente
y son independientes de aquél? La respuesta: No, esta doctrina no puede ser
admitida». En su Alocución a las parteras (1951) el Papa Pio XII se refiere a
ese tipo de doctrinas como “una seria
alteración del orden de los valores y propósito que el Creador mismo ha
establecido”.
A pesar de estas declaraciones, este
concepto moderno fue reintroducido, como hemos dicho, en la asamblea del Concilio Vaticano II, y
encontró también lugar (aunque de manera encubierta) en los textos de Humanae
Vitae, y desde ahí al nuevo Código de Derecho Canónico, al nuevo Catecismo
y a Familiaris Consortio, entre
otros.
La Teología del cuerpo de San Juan Pablo
II debe ser considerada con este trasfondo de ruptura entre la enseñanza
tradicional de la Iglesia sobre los fines del matrimonio y su inversión entre
teólogos y pastores modernistas, que el papa polaco asumió en su TdC. Porque, a
pesar de que no niega explícitamente que la procreación y educación de los
hijos es la principal finalidad del matrimonio, se preocupa casi exclusivamente
del amor conyugal y sólo menciona la procreación como un mero agregado;
como cuando el Papa, refiriéndose a “la comunión entre personas que el hombre y
la mujer crean…”, añadiendo que: sobre «todo esto descendió, desde un
principio, la bendición de la fertilidad» 14 de noviembre de 1979).
Llegados a este punto, puede ser útil recordar que, en la apertura de la segunda sesión del
Concilio, el 6 de octubre de 1963, ya se hablaba entre los padres conciliares de
que se acercaba un cambio de paradigma sobre el matrimonio y sus fines. Este
rumor se alimentó aún más cuando el Papa
Juan XXIII, en marzo de 1964, sólo unos meses antes de su muerte, con la
aprobación del Cardenal Giovanni Battista Montini, su heredero, encargó la creación de una Comisión
Pontificia especial para estudiar los recientes avances de la anticoncepción
hormonal y para reexaminar la oposición de la Iglesia a la anticoncepción a la
luz de las nuevas tendencias demográficas. La relación entre la inversión de los fines del matrimonio y el olvido
de la predicación tradicional sobre la procreación de los hijos es un asunto
perturbador que escapa al objetivo de este texto. Sin embargo, sí mencionaremos
cómo Romano Amerio, en su obra imprescindible “Iota Unum” (1996), considera la
actuación de Montini ya como Pablo VI sobre la moral conyugal como firme y
grave en la tercera sesión, en 1964. “Habiéndose pronunciado en el aula –
expone Amerio -, incluso por bocas cardenalicias (Léger y Suenens), nuevas
teorías que rebajaban el fin procreador del matrimonio y abrían paso a su
frustración (mientras elevaban a pari
o a maiori su fin unitivo y de
donación personal), Pablo VI hizo llegar a la comisión cuatro enmiendas con
orden de insertarlas en el esquema que se apoyaban en textos de la Casti
Connubii de Pío XI, declarando que la procreación no es un fin del matrimonio
accesorio o equiparable a la expresión del amor conyugal, sino necesario y primario.
Las enmiendas fueron admitidas, pero los textos de Pío XI no fueron citados”[4]. Se observa aquí el durísimo pulso entre la enseñanza
tradicional y las innovaciones que algunos cardenales y teólogos
centro-europeos pretendían introducir.
Si seguimos repasando el desarrollo cronológico de
esta visión de la moral sexual de Karol Wojtyla, que había comenzado tan
temprano como 1946, vemos que, en el contexto citado del Concilio Vaticano II, del 31 de enero al 6 de abril de 1965,
Wojtyla participó en la redacción del Esquema XIII, Gaudium et
Spes, la Constitución
pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, pero no fue uno de los
principales artífices del documento, tal como se llegó a decir. La influencia de Wojtyla, así como la de
los padres conciliares que compartían algunas de sus ideas revolucionarias
sobre el matrimonio, como el Cardenal Leo Jozef Suenens de Malines-Bruselas
y el Cardenal Paul-Émile Léger de Montreal, puede verse en Gaudium et Spes,
Parte I, Capítulo 1 “La dignidad de la persona humana”, y Parte II, Capítulo I “Fomentar
la nobleza del matrimonio y de la familia”, con sus connotaciones fuertemente personalistas;
en la descripción del amor conyugal como “una forma primaria de comunión
interpersonal”; y en la ausencia clamorosa de los términos “primario” y
“secundario” en lo que se refiere a los fines del matrimonio en el texto del
decreto.
Finalizado ya el Concilio, en 1966, siendo ya arzobispo, Wojtyla creó la “Comisión de Cracovia”, que reunió a un pequeño grupo de
teólogos expertos en moralidad católica de Cracovia y Tarnow a los que Wojtyla
encomendó la tarea de examinar los
fundamentos teológicos de las normas éticas de la Iglesia en la vida conyugal.
Que Wojtyla dirigiera y controlara cuidadosamente la orientación de los
trabajos de la Comisión, utilizándola más como caja de resonancia de sus
propias ideas sobre la TdC que como una fuente importante de aportaciones de
sus colaboradores, es obvio incluso a partir de una lectura superficial del informe
final de la Comisión. El informe “Los
fundamentos de la Doctrina de la Iglesia sobre los principios de la vida
conyugal” se concluyó en febrero de 1968 y no hace ninguna referencia a los fines primarios y secundarios del
matrimonio. Como en el caso de Gaudium et Spes,
guarda silencio sobre esta formulación tradicional, prefiriendo considerar
los fines procreativos, unitivos y sociales del matrimonio como igualmente
importantes entre sí.
Pd. Lamento la extensión tal vez excesiva de este
texto, pero no he hallado otra manera de hacerlo para intentar exponer el
origen y desarrollo cronológico de las diferencias entre la enseñanza
tradicional de la Iglesia y la Teología del Cuerpo, en la que Juan Pablo II
trabajó durante cuatro décadas y coincide con el cambio en la enseñanza de la
Iglesia sobre moral sexual y conyugal que emergió con el Concilio Vaticano II.
En próximos textos pretendo finalizar el desarrollo cronológico y “doctrinal”
de esta temática tan popular hoy en la Iglesia.
[1] https://onepeterfive.com/can-the-theology-of-the-body-be-reconciled-with-the-traditional-ends-of-marriage/
[3] https://onepeterfive.com/can-the-theology-of-the-body-be-reconciled-with-the-traditional-ends-of-marriage/
[4] Romano
Amerio, “Iota Unum. Estudio sobre las transformaciones en la Iglesia en el
siglo XX”, 1996

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