Cuando presentamos el tríptico
sobre la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II, el personalismo apareció como uno de los conceptos más destacados. En
todo lo que pude leer para escribir los textos, quedaba claro que, más allá del
caso concreto de su Teología del Cuerpo, el
pensamiento filosófico del papa polaco fue personalista.
Intrigada por este asunto, decidí indagar más sobre la filosofía del personalismo.
Y me resultó muy curioso que, en la búsqueda de artículos académicos sobre el personalismo en el catolicismo, una gran mayoría de artículos tenían que ver precisamente con San Juan Pablo II como uno de los exponentes clave del pensamiento personalista en la Iglesia, junto a Jacques Maritain y Dietrich von Hildebrand.Así que vamos a intentar, como
siempre en estos textos, comprender de una manera muy general qué es el personalismo y analizarlo a la
luz de la tradición católica.
El pensamiento católico tradicional ha definido durante siglos al hombre principalmente por su naturaleza
creada, racional y dependiente de Dios, enfocándose en la salvación y el orden
objetivo. Basado principalmente en la metafísica clásica de Santo Tomás de
Aquino, la Iglesia Católica ha entendido durante siglos al hombre como una
naturaleza racional con un fin último establecido por Dios: la persona es una
sustancia individual de naturaleza racional, con el énfasis puesto en su ser y
su orden a Dios, y no solamente en su “yo”.
Sin embargo, como estudia
sistemáticamente Romano Amerio en su obra Iota
Unum, la Iglesia ha sufrido
transformaciones en todos los ámbitos a lo largo sobre todo del siglo XX,
siendo uno de ellos la concepción del
ser humano. No es que en los siglos anteriores no hubiera un desarrollo
orgánico y una profundización en la Revelación; de lo que se trata es que los
cambios del siglo XX, gestados a partir de la herejía protestante y el
nacimiento de la modernidad, son de carácter rompedor, innovador y
revolucionario.
Por eso, compartiendo el
principio que se impuso en la mentalidad eclesial a mediados del siglo XX de
denostación del pasado de la Iglesia, considerando no sólo las maneras sino
también muchos contenidos inválidos para el “hombre moderno”, se transformó la aproximación al concepto
de hombre, introduciéndose el pensamiento personalista. El personalismo, como tantas otras cosas en
la Iglesia moderna, es una filosofía tomada del mundo. Pero, a diferencia
del antropocentrismo secular, que puede ignorar la trascendencia, el
personalismo cristiano fundamenta el valor del hombre en su vocación divina y
comunitaria.
Jacques Maritain y, como dijimos,
Karol Wojtyla (San Juan Pablo II) son dos de los pensadores personalistas más influyentes en la Iglesia del siglo
XX, situando en sus planteamientos al ser
humano, creado a imagen de Dios, en el centro, destacando su dignidad,
libertad y relacionalidad. Por lo tanto, el personalismo es antropocéntrico, que es otra característica de la
Iglesia moderna. Juan Pablo II, como
otros pensadores católicos modernos, intentaron integrar filosofías modernas
como el personalismo en la teología de la Iglesia y el tomismo, con gran
influencia en los campos de la bioética y, como hemos visto en textos
anteriores, en la antropología matrimonial. Es importante tener en cuenta este
concepto de “antropología”, puesto que se
está desarrollando un nuevo sistema filosófico pretendidamente católico que
ofrece una nueva lectura sobre el ser humano.
En este punto, es fundamental
considerar también que, así como el pensamiento tradicional católico definió al
hombre enfocándose en su salvación y el orden
objetivo, el personalismo del siglo XX (que se extiende en el siglo XXI)
centra sus temas en la libertad, la subjetividad
y la relación comunitaria del ser humano. Por eso, la crítica tradicional acusa al personalismo de desplazar la verdad
objetiva por la experiencia personal. Entre los conflictos clave entre el enfoque
tradicional y el moderno (modernista) se encuentran la aproximación a los
conceptos de libertad contra la ley (el personalismo enfatiza la libertad
creadora de la persona frente su sujeción a la verdad o ley objetiva) y la
subjetividad frente a la metafísica (el
pensamiento tradicional considera que el personalismo se acerca al
existencialismo o subjetivismo, al poner el acento en la “persona” como
experiencia, en lugar de la naturaleza humana). Antropocentrismo y
personalismo llevan a la subjetividad, y por esta razón, desde el pensamiento
tradicional se argumenta que el personalismo ha desvirtuado la teología
tradicional al favorecer una “nueva teología” basada en la experiencia
subjetiva de la persona.
En este sentido, es importante
contextualizar que, frente a un pensamiento de siglos como es el tomismo y la
antropología católica tradicional, el personalismo es un sistema de pensamiento
nacido en un contexto concreto y como respuesta a él: después de la primera
Guerra Mundial, se consideró necesario como respuesta a la despersonalización
moderna que llevaban consigo los totalitarismos. Por eso, cuando la Iglesia
ofrece las respuestas eternas, perennes, a la cuestión de la naturaleza humana,
¿cómo puede ser suplantada su explicación tradicional, con su desarrollo
orgánico de siglos, por un pensamiento fruto de un contexto cultural tan concreto
y reciente?
El sacerdote Juan Luis Lorda
afirma en un artículo aparecido en 2023 en la revista Omnes que “quizá el personalismo sea el movimiento
filosófico con mayor impacto en la teología del siglo XX”.
Según este autor, “a principios del siglo XX, con bastantes matices y excepciones, se
puede decir que la filosofía dominante
en los ambientes católicos era el tomismo. Y el punto fuerte de esa filosofía
era la metafísica, es decir, la doctrina del ser. La metafísica del ser es una doctrina importante dentro del
cristianismo que confiesa a un Dios creador, ser supremo que hace de la nada a
otros seres que no son parte de Él, que tienen una consistencia propia y real,
pero no se explican por sí mismos y son contingentes”.
A lo largo del siglo XX, esta metafísica del ser fue
“completada” (sic, Lorda) por varias inspiraciones filosóficas con lo que podría llamarse una metafísica de la
persona”, en las que resalta un aspecto capital: la relacionalidad de las personas. Estas “inspiraciones
filosóficas” han repercutido en casi
todos los aspectos de la teología; puesto que se trata de una confluencia
de pensamientos, provocada por la común situación ideológica tras la primera
Guerra Mundial y el enfrentamiento entre los movimientos y sociedades
comunistas y los pensamientos y regímenes liberales. “Autores muy distintos,
afirma Lorda, con inspiración cristiana o judía, percibieron entonces que, en
realidad, se oponían dos antropologías que era necesario corregir, equilibrar y
superar. Y que para eso convenía
entender a fondo lo que es una persona, tal como lo define la tradición
teológica y filosófica cristiana”. Y confluyeron tres corrientes, casi
coetáneas. En primer lugar, lo que podríamos llamar “personalistas franceses”,
a partir de Jacques Maritain. En
segundo lugar, los “filósofos del diálogo” con Ebner como inspirador y Martin
Buber como el más conocido. Y, en tercer lugar, varios autores del primer grupo
de fenomenólogos que rodeó a Husserl,
sobre todo Edith Stein, Max Scheler y Dietrich Von Hildebrand; se les suele llamar “Círculo de Gotinga”.
Donald de Marco explica cómo “Jacques Maritain llamó repetida y apasionadamente a la
Iglesia a fin de que pusiese su teología y su filosofía en contacto con los
problemas del presente”. Su visión, calificada de liberal, en materias de
política y justicia social le ganó acérrimos enemigos entre los pensadores tradicionales
de la Iglesia.
Sobre el “círculo de Gotinga”, el P. Lorda afirma que
“aquellos primeros filósofos que siguieron a Husserl se fijaron en las
vivencias fundamentales del ser humano. Y entre ellas, las más propias de las
personas, conocimiento y amor”.
“En una
larga cadena – explica Lorda-, muchas de estas ideas llegaron hasta Karol
Wojtyła (1920-2005), y
recibieron el impacto de su personalidad, especialmente tras ser elegido Papa
(1978-2005) y desarrollar su teología del cuerpo y del amor. También su idea de la “norma personalista”:
la dignidad de las personas. Para Juan Pablo II, el amor personal,
reclamado por Cristo, es la manera adecuada de tratar a una persona, porque es
como Dios la trata. Puede ampliarse este aspecto con
el artículo de Lorda aquí.
Si
recuerdan el texto sobre la aplicación de la Teología del Cuerpo de san
Juan Pablo II, nos
basamos mucho en la visión crítica de Alice von Hildebrand a la versión de la
TdC de Christopher West. Pues bien, es interesante en este sentido, para situar
bien a estos autores (Dietrich y Alice von Hildebrand) en el espectro del
pensamiento católico, comprender su aproximación filosófica a las relaciones
sexuales en el matrimonio desde la enseñanza tradicional de la Iglesia, a
partir de unas palabras de la investigadora Randy Engel, fundadora
y directora de la Coalición por la Vida en los Estados de Unidos de América. El objetivo es comprender la influencia del
pensamiento personalista de von Hildebrand en el de Karol Wojtyla.
En
el texto enlazado, Engel se centra en estudiar la fenomenología de Dietrich von Hildebrand y su novedosa enseñanza
sobre el matrimonio. Afirma que “muchas de las premisas y temas
principales de la TdC no son originales de Wojtyla, sino que cuando Wojtyla
pronunció sus conferencias sobre Amor y responsabilidad en la Universidad de
Lublin en 1958 y 1959, ya existía un
fuerte movimiento en ciertos círculos católicos para reorientar el matrimonio
católico hacia líneas más «personalistas», liderado en parte por el filósofo
alemán Dietrich von Hildebrand
y el sacerdote benedictino alemán Dom
Herbert Doms”.
Entre 1909 y
1911, un joven Dietrich von Hildebrand
fue alumno de Edmund Husserl, fundador de la fenomenología en la Universidad de
Gotinga, pero su mentor filosófico y amigo fue Adolf Reinach, jurista y
fenomenólogo que más tarde aplicó la filosofía de Husserl al derecho, la filosofía,
la moral y la ética, pero siguiendo líneas más «objetivas» y «realistas». Husserl fue nada menos que el fundador
luterano de la fenomenología. También Max
Scheler, el fenomenólogo alemán que enseñó en la Universidad de Múnich,
desempeñó un papel importante en la formación intelectual temprana de von
Hildebrand. Es interesante apuntar aquí también la influencia que tuvo Scheler sobre el joven Karol Wojtyla. A
partir de estas influencias en su pensamiento, Dietrich Von Hildebrand, tradicional en cuanto a la liturgia y
contrario a su reforma tras el Concilio Vaticano II, intentó crear un sistema
filosófico original que incorporara filosofías contemporáneas, como la
fenomenología y el personalismo. Creía que el nuevo sistema ofrecía
valiosas ideas y verdades que podían utilizarse para formar un humanismo verdaderamente cristiano y hacer que el Evangelio
fuera más comprensible para el mundo moderno.
Según su
viuda, Alice von Hildebrand, su marido había adquirido un interés especial por
el amor humano y las relaciones conyugales mucho antes de su conversión al
catolicismo romano en abril de 1914, a la edad de 30 años. En conferencias
pronunciadas en los años 1920 ante jóvenes católicos, von Hildebrand argumentó
que existía una distinción entre el amor como significado del matrimonio y
la procreación como su propósito o fin. Alice Von Hildebrand afirma que su
marido creía que la postura de la
Iglesia sobre la procreación y la educación de los hijos como fin principal del
matrimonio restaba valor a los aspectos interpersonales y unitivos del
matrimonio, y que era oportuno y necesario introducir una corrección para
remediar la situación[1].
Con sus
escritos sobre el hombre y la mujer en la década de 1920, Dietrich von
Hildebrand preparó el terreno en la Iglesia para la enseñanza del Concilio
Vaticano II sobre
el doble significado del acto conyugal.
Según su viuda, von Hildebrand era consciente de que «estaba abriendo nuevos
caminos al hacer tan explícita la distinción entre el propósito y el
significado del matrimonio», por lo que recurrió a Eugenio Cardenal Pacelli,
entonces nuncio en Múnich, para que le confirmara sus opiniones. Sin embargo,
después de que Pacelli ascendiera al trono papal como Pío XII en 1939, cambió
sus opiniones anteriores, que se decía que favorecían una visión “personalista” del matrimonio. En 1951, al final de su
famoso «Discurso a los miembros del Congreso de la Asociación Italiana de
Comadronas», Pío XII advirtió contra una
inversión de la formulación de la Iglesia sobre los fines del matrimonio, una
advertencia que era aplicable, en parte, a la nueva teología del matrimonio de
von Hildebrand.
San Juan Pablo II
afirmó que los escritos de von Hildebrand influyeron mucho en su obra, con su fuerte
énfasis personalista en la «entrega de sí mismo» y el sexo conyugal como
sacramento.
Una vez hemos repasado su origen y evolución
histórica, continuaremos, Dios mediante, la próxima semana exponiendo el
pensamiento personalista de Wojtyla y sus consecuencias.
[1]
Alice
von Hildebrand, “Introducción”, El matrimonio: el misterio del amor fiel» en http://catholiceducation.org/articles/marriage/mf0003.html
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