Hoy, 14 de febrero, se celebra san Valentín, presbítero y mártir. Existe cierta confusión en torno a tres personajes de la antigua Roma con el mismo nombre, pero parece ser que la conmemoración se corresponde con la de un obispo de Terni que, en el siglo III, arriesgó su vida muchas veces para administrar los sacramentos. Se dice que tenía predilección por unir a las parejas en santo matrimonio, pues eso multiplicaba el deseo en otros de constituir un hogar cristiano. Al parecer, regalaba flores a estas parejas que se comprometían para casarse.
El mundo ha pervertido esta historia de un obispo que murió por la
fe y el odio a ella de quienes le mataron, convirtiendo san Valentín en “el día
de los enamorados”, una fiesta puramente
consumista en la que ni se plantea la cuestión del matrimonio cristiano.
Pues bien, existen actualmente en
la Iglesia unos grupos (o movimientos, o marcas) que han decidido, en un movimiento digno de un trilero,
“bautizar” la fiesta mundana que nació de una fiesta cristiana, con la
celebración de unos eventos que obligan, cómo no, a pasar por caja. Son dos
eventos fundamentalmente: “El baile de
la temporada”, en Valencia, organizado por Aute, ese grupúsculo católico
sobre el que algún obispo debería echar un ojo, y Cristinder, organizado no se sabe por quién, en Madrid.
No es necesario detenerse mucho
en “El baile de la temporada”, que tuvo lugar el 6 de febrero. Anunciado a
bombo y platillo en su Instagram (@aute__) como “un baile distinto” al que
invitaban: “el Baile de la Temporada. Perder la cabeza por Amor. Una conversación
sobre el amor verdadero…”; con 30 invitados seleccionados por la organización y
una misa. Una estética muy barroca, breves vídeos en Instagram de personas con
trajes de época escribiendo cartas con pluma… para quedarse en un encuentro de
un ratito en que los invitados, sentados en el suelo, escuchaban al gurú de la
marca Aute (de “auténtico”) y a su esposa, siempre dejada en segundo plano por
este auténtico narciso vendehumo, hablar
sobre su experiencia de noviazgo y matrimonio. No se sabe qué conocimientos
tienen, pero sientan cátedra hablando de sus experiencias subjetivas, siempre
sobre los mismos temas, siempre previo pago, creando mucha expectativa que,
finalmente, se deshincha.
El segundo evento, el que más
miga tiene, es Cristinder. Como
pueden ver en la imagen que ilustra el texto, se presenta como una sesión en
una discoteca de la calle Serrano en Madrid el día 15 de febrero, con
consumiciones incluidas en la entrada, centrada en el concepto de “speed
dating” para católicos solteros de 28- 48 años.
Vamos a desglosar la mundanidad y
peligros para jóvenes (y no tan jóvenes) ingenuos que destila este montaje:
·
El
nombre: CRIS-TINDER, de Tinder cristiano, suponemos, por ser un tema de
citas. ¿Qué es Tinder? Tinder, según su propia web, es “una app de citas”. Se
promociona con estas palabras: “¡Atención, solteros y solteras del mundo
entero! Si queréis encontrar el amor, buscáis nuevos amigos u os lo queréis
tomar con calma, Tinder es vuestra app de citas. Con más de 55 millones de
matches (algo así como “enganches” entre personas a través de la app), es el
lugar ideal para encontrar lo que buscas. Seamos sinceros: el mundo de las
relaciones es muy diferente hoy en día, porque mucha gente se conoce de forma
virtual. Con Tinder tienes millones de personas solteras a tu alcance. Tanto si
eres hetero como si perteneces a la comunidad LGTBI+, en Tinder conseguirás que
salten chispas”. Me dice además una amiga que ha explorado la aplicación que,
entre otras cosas, es posible añadir el icono de un unicornio para expresar el
interés en hacer tríos sexuales.
¿En serio ésta es la inspiración
más adecuada para presentar un evento para conocer a solteros católicos? Si los
organizadores querían que pudiera reconocerse por ser un evento para conocer a
posibles parejas, deberían también haber tenido en cuenta todo lo demás: que
mucha gente utiliza Tinder, como sabemos, solamente para hallar parejas
sexuales de una vez, que promociona las relaciones homosexuales y que, a la
vista está, no tiene absolutamente nada
que ver con un noviazgo en cristiano que conduzca a un matrimonio católico.
·
La organización: No existe apenas
información sobre este evento, más allá de una cuenta de Instagram con muy poco
movimiento y secretismo absoluto sobre
quién está detrás de esto. ¿Un grupo de jóvenes católicos, tal vez? No se
sabe.
La dinámica: Las horas que dura esta tarde en el local se dedican al speed dating; es decir, a citas rápidas, literalmente. Concretamente, 6 citas. O sea, imagino que uno está en esta discoteca de la calle Serrano (aunque cambia de ubicación en cada nueva ocasión), y puede conocer a seis personas católicas del sexo opuesto para ver si con alguna hay posibilidades de iniciar un noviazgo. De hecho, en su Instagram (@cristinders), el evento se define como “el evento católico de citas rápidas del año”, con el gancho “puede que pases sol@ (sic) el 14 de febrero, pero no tienes excusa para seguir así el 15”. Se define como “eventos de citas para católicos, por el que han pasado casi 400 solteros católicos de 25 a 45 años buscando una pareja con sus valores, con la que formar una familia.”
El objetivo es muy loable, por supuesto, pero las formas no son algo puramente accidental, sino que forman
parte de la esencia, y traer el mundo
tan frívolamente a la Iglesia o poner a algo de este calibre la etiqueta de
“católico” no me parece la forma más digna de conducirse. Muchos dirán aquello
de que hay buenas intenciones tras esto. ¿En serio? De buenas intenciones está pavimentado el camino al infierno.
Existen maneras mucho más dignas de poner en contacto a católicos solteros que
busquen iniciar un noviazgo cristiano.
En realidad, no sólo me parece
mundano, sino perverso: la apariencia de
bien esconde al mundo metido en la Iglesia. Porque las formas, como
decíamos, afectan a los contenidos, y esto no deja de ser una banalización consumista de la búsqueda de una pareja con la que comenzar un
noviazgo cristiano enfocado al matrimonio y a formar una familia.
Me recuerda a la inversión de
aquello que Jesucristo dijo al Padre: “están en el mundo pero no son del
mundo”. En el caso de estos eventos se ha convertido en que están en el mundo porque son del mundo e
introducen el mundo y su banalidad en la Iglesia. No hay duda de que habrá
personas que asistan con toda su buena voluntad, como tampoco la hay de que
siempre hubo grupos heterodoxos en la Iglesia, pero estamos llegando a unos
límites en los que alguna autoridad debiera dar el alto. No tengo idea de si un
obispo tiene obligación o autoridad de supervisar un evento organizado por
laicos en el territorio de su diócesis sólo porque lleve la etiqueta de
católico. Lo que sí es cierto es que, de facto, todos vemos cómo los obispos
bendicen cualquier cosa mundana que congregue a unos cuantos jóvenes que se
autodenominen católicos.
Los extremos inverosímiles a los
que está llegando la situación incluyen las delirantes “I Jornadas Villa Exuma”
en Pozuelo de Alarcón, celebradas el sábado 7 de febrero, centradas en la
vocación: empresarial, religiosa y matrimonial. Con “tardeo, refresco y cena,
dj, bebida, fiesta y música”, y la presencia para hablar de la vocación
religiosa del Padre Enrique, Superior General del Instituto de Derecho
Pontificio CPCR (Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey) y la Madre
Consolatrix (superiora de la familia del Verbo Encarnado en Madrid y misionera
intervocacional). Ahí queda eso. El evento “Para quién soy”, organizado por la
CEE, ya se dedicó a mezclar para confundir las vocaciones al estado sacerdotal,
a la vida religiosa y al matrimonio, pero meter ahí la vocación empresarial ya
me parece delirante. Pueden verlo con sus propios ojos en su cuenta de
Instagram (@exumavilla).
En estos días en que la FSSPX ha anunciado la consagración de
nuevos obispos para el 1 de julio, un par de noticias al respecto en este
portal han destacado dos cuestiones fundamentales: la primera, que la ley suprema de la Iglesia es la
salvación de las almas;
y, la segunda, que, en palabras textuales del superior de la FSSPX, Mons.
Davide Pagliarini, “en una parroquia
media, los fieles ya no encuentran los recursos necesarios para asegurar su
salvación eterna”.
Y eso es tristemente verdad en demasiados casos.
Por una parte, están los malos
sacerdotes. Y por otra, los bautizados que, precisamente por ello, siguen sus
propios deseos y buscan maestros que les digan lo que sus oídos se mueren por
oír (Tim 4, 3). Pero, entonces, ¿no nos encontramos ante la situación descrita
por Nuestro Señor de ciegos que guían a otros ciegos (Mt 15, 14)? Y ya
conocemos la conclusión: si un ciego
guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo.
En las zonas rurales la situación
es ya agónica: una amiga de un pueblecito rural de la diócesis de Terrassa,
junto a Barcelona, me comentaba hace unos días que en el curso que lleva allí
el nuevo párroco no ha bautizado a nadie y sólo ha celebrado un matrimonio. Ésa
es la realidad de la Iglesia rural. En
las grandes urbes, sin embargo, la cosa es distinta. Es donde ocurren todos
estos eventos neoconservadores del Regnum Christi, Hakuna, Alpha, y similares. Sobre
todo, en Madrid y ahora también en Valencia, con Aute. Eventos con vocación
multitudinaria de fiesta, charlitas, cerveza y música que a los obispos conviene tanto para construir un relato que nada
tiene que ver con la realidad de la Iglesia: la realidad de la Iglesia rural
es la muerte a medio plazo por falta de sacerdotes y de fieles, y el parche,
mientras tanto, de señoras que celebran paraliturgias. No importa. Eso se tapa.
No interesa. No se corresponde con el relato exitoso.
En las grandes urbes, las
parroquias son en su mayoría mortecinas, con sacerdotes que tienen a su cargo varias
de ellas y no llegan a prácticamente nada. Pero los obispos, a la desesperada y para no aceptar la situación, se
apuntan a los cuatro eventos multitudinarios al año para aparentar que la
Iglesia está en un momento fabuloso, mientras los datos de asistencia a
Misa dominical y demás sacramentos indican lo contrario. Me recuerda al relato
psicopático de Pedro Sánchez: una España abocada al caos y la miseria mientras
él dice que va “como un cohete”. Y bendicen todo tipo de actividad en la que
haya “jóvenes” y “católicos”. Con una particularidad que ya habíamos mencionado
en una ocasión: todas estas actividades
están hechas por movimientos o marcas neoconservadoras y, lo peor, no se parecen
en nada a lo que ha dicho y hecho la Iglesia católica bimilenaria, con su
propio desarrollo orgánico, sin rupturas ni novedades estridentes; ni en sus
formas ni en muchos de sus contenidos.
El progresismo eclesial se muere,
aunque intente morir matando. Pero el neoconservadurismo en la Iglesia, tan
numeroso, se asemeja a un herpes que la está estrangulando.
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