Al texto de esta servidora de la pasada semana sobre los orígenes y principales características de la Renovación Carismática pudieron leerse algunos comentarios atacando lo expuesto sin argumentos solamente porque Kennedy Hall es un fiel de la Fraternidad de San Pío X. La FSSPX no es cismática. Lo dice la Iglesia Católica. Y la Renovación Carismática es como mínimo muy heterodoxa. Y esto lo dice Mons. Athanasius Schneider, que es tan sucesor de los Apóstoles como Munilla, por poner un ejemplo. La verdad es objetiva, al fin y al cabo. Al que no quiera creerla porque le cae mal quien la expone, es su problema y debería intentar solucionarlo, por honestidad intelectual y espiritual.
Dicho
esto, vamos hoy a seguir con la segunda tabla de este tríptico sobre la
Renovación Carismática, que consta de dos partes: 1) la Renovación Carismática
como muestra de que “el modernismo es el
compendio de todas las herejías, como dijo un Papa que es Santo, Pío X, y
2) su “bautismo” en la Iglesia Católica de la mano del cardenal Suenens, uno de
los artífices del destrozo que fue el Concilio Vaticano II y su aplicación.
1.
La
Renovación Carismática y el modernismo, compendio de todas las herejías
Sobre
los orígenes pentecostales de la RCC que Pablo Ginés tanto resume en el
artículo publicado en Aleteia del que tratamos la pasada semana, Kennedy Hall tiene cosas muy
interesantes que añadir: “ya desde 1967, en un reportaje del National Catholic
Reporter, se conocía a la Renovación Carismática como “el nuevo movimiento de
los católicos pentecostales[1]. La periodista Mary Papa
acudió a un encuentro carismático y, al preguntar a dos de sus líderes en qué
consistía el movimiento, estos respondieron que era «ecuménico» y que eran «católicos que habían tenido una experiencia
pentecostal». Añadieron que, aunque el Bautismo
en el Espíritu no es lo mismo que el sacramento de la Confirmación,
representa lo que «debería ocurrir en la Confirmación». Los entrevistados, el
matrimonio Ranaghan, son dos de los progenitores de la Renovación Carismática
Católica y, en 1969, fueron coautores de un
libro titulado «Catholic Pentecostals» (Pentecostales católicos). El libro detalla los inicios de la Renovación y
ofrece una visión sorprendente de la teología herética que adoptaron los
primeros carismáticos católicos.
En
los primeros tiempos de la Renovación Carismática, quienes habían recibido el
«bautismo» oraron por otros y el
movimiento comenzó a extenderse. Los
nuevos católicos pentecostales quedaron encantados con los nuevos sentimientos
y las emociones interiores que habían experimentado, por no hablar del «don de
lenguas» inmediato. Para entonces, el don de lenguas se había transformado
tan completamente, que los nuevos pentecostales católicos eran menos ortodoxos
en su interpretación de las Escrituras que los herejes.
Un
acontecimiento clave fue el ocurrido el
17 de febrero de 1967, conocido como el «fin de semana de Duquesne» (que
Pablo Ginés cita en su mencionado artículo): Un grupo de profesores y
estudiantes de la Universidad de Duquesne se fue de retiro de fin de semana a
la casa de retiros Ark and the Dove. Patti
Mansfield era una de las estudiantes que participaban en el retiro. Una
mujer pentecostal predicó a los estudiantes, y Mansfield relata cómo le conmovió la teología protestante,
escribiendo que «la mujer tenía el poder
del Espíritu Santo como los apóstoles». Mansfield afirma en su libro que
tuvo un supuesto éxtasis y un resplandor mosaico, y que ella y los demás a
quienes invitó a rezar se sintieron invadidos por «una sensación de ardor que
les recorría todo el cuerpo». Las
experiencias que relata en sus escritos y entrevistas guardan un parecido
sorprendente con las prácticas religiosas paganas, pero no con lo que se relata
en el Nuevo Testamento o en las vidas de los santos. Además de las manos
ardientes, Mansfield ha expresado en múltiples ocasiones —y muchos carismáticos
dan fe de lo mismo— que lo que acompañó al evento espiritual fue una risa y un llanto incontrolables.
Kennedy
Hall menciona afirma cómo en el Código
de Derecho Canónico de 1917 (que estaba en vigor en los años 1960), canon
2316, puede leerse que “quien de
cualquier manera ayude a propagar la herejía o comunique en ceremonias sagradas
con herejes contra las prescripciones del canon 1258 es sospechoso de herejía.
El canon 1258 #1 dice: «No es lícito a
los católicos asistir o participar de manera activa en ceremonias no católicas».
Escribiendo sobre el tema de la participación activa de los católicos en los
ritos protestantes, el papa Pío XI escribió en términos inequívocos que «no es
lícito en modo alguno que los católicos apoyen o colaboren en tales empresas,
pues si lo hacen, darán su aprobación a
un cristianismo falso, totalmente ajeno a la única Iglesia de Cristo». Así
pues, pocas décadas antes de su aparición, todos
los que participaron en las actividades iniciales de la Renovación habrían sido
sospechosos de herejía y de cometer un acto ilegal, pues del CIC de 1917 y
las palabras de Pío XI se desprende claramente que los inicios de la Renovación
eran contrarios a la Ley de la Iglesia, de forma inequívoca y sin justificación
alguna.
Hemos
intentado ver hasta ahora cómo la Renovación Carismática nació del
pentecostalismo; pero si nos detenemos brevemente a observar cómo nació el pentecostalismo y en qué
consiste, queda aún más claro por
qué es tan perniciosa y herética la Renovación Carismática.
Recordemos
cómo San Pío X había definido el modernismo
como “el compendio de todas las herejías”. Pues eso es ni más ni menos el pentecostalismo: un compendio de
herejías que se remonta a los primeros siglos de la Iglesia: en su estudio,
Kennedy Hall comienza por la antiquísima
herejía frigia: aproximadamente un
siglo después del verdadero Pentecostés, surgió un falso predicador que parloteaba sobre nuevas revelaciones del
Espíritu Santo. Un hombre llamado
Montano comenzó a predicar una falsa doctrina sobre el Espíritu Santo en la
región de Frigia (Turquía), lo que dio lugar a un error conocido inicialmente
como la herejía frigia, más tarde denominada montanismo. La herejía se
centraba en la idea de que el Espíritu Santo revelaba cosas a Montano y a sus
falsos profetas, y que estas revelaciones y manifestaciones espirituales se
manifestaban de manera extraordinaria. Eusebio, quizás el mayor historiador de
la Iglesia primitiva, escribió sobre el asunto de la siguiente manera:
«profetizando de manera contraria a la costumbre constante de la Iglesia
transmitida por la tradición desde el principio (...); la distinción
establecida por el Señor y su advertencia de vigilar atentamente contra la
llegada de falsos profetas».
Se
decía que los montanistas experimentaban éxtasis intensos, muy diferentes de lo
que leemos en el relato de Pentecostés en las cartas de San Pablo. El montanismo fomentaba un gran emocionalismo
y sensacionalismo, con continuas revelaciones, y el resultado era el caos.
Lo interesante es que la herejía frigia no era una herejía en el sentido de que
negaba explícitamente ninguna de las enseñanzas de la Iglesia, sino que era herética por lo que añadía a la
Revelación de Cristo. Eran, en cierto sentido, «reformadores» que creían estar
viviendo el Evangelio de forma más plena. La herejía frigia fue finalmente
condenada por la Iglesia, pero siguió activa en la región durante algunos
siglos y, como todas las herejías, provenía del diablo, que nunca deja de
tentar a los cristianos con herejías de todo tipo. Unos diecisiete siglos más tarde, el montanismo resurgió con otro
nombre, esta vez fuera de la Iglesia católica.
A
lo largo de los siglos posteriores a la herejía frigia, hubo otros movimientos
heréticos con algunas similitudes; sin embargo, no fue hasta el surgimiento de lo que se denominaría pentecostalismo
que el mundo fue testigo de un retorno tan completo del montanismo. Y el pentecostalismo es reconocido como el
progenitor de la Renovación Carismática Católica.
Kennedy
Hall explica cómo “en el siglo XVIII, el
mundo protestante vio el auge de lo que se conoce como el Movimiento de
Santidad, un movimiento dentro del cristianismo protestante que enfatizaba la experiencia religiosa
personal como prueba de la gracia de Dios. En términos generales, estos
movimientos siguieron el ejemplo de John
Wesley, un clérigo anglicano activo durante el siglo XVIII que buscaba un
«renacimiento» del fervor religioso en la estancada Iglesia de Inglaterra. Su
movimiento se conoció como metodismo, y era inherente a él una teología de la
gracia que abogaba por una «segunda bendición» o una «segunda obra de la
gracia» —siendo la primera obra de la gracia el bautismo— que, según sus
defensores, es la prueba de la gracia de Dios en la vida. El siglo posterior a Wesley vio el surgimiento de diversas sectas
asociadas al Movimiento de Santidad, cuyas creencias se volvieron cada vez
más extrañas y severas. En la década de 1880, John Alexander Dowie, un ministro anglicano, se trasladó a los
Estados Unidos y ganó notoriedad como sanador y hacedor de milagros. En 1901
fundó una comunidad sectaria llamada Zion City en Illinois. Murió en 1907 y es
recordado como uno de los progenitores del pentecostalismo.
Frank Sandford
(1862-1948) fue uno de los primeros líderes del movimiento pentecostal en
Estados Unidos. En 1893 fundó su propia «iglesia», en la que su teología cambió
drásticamente con respecto a la Iglesia Bautista del Libre Albedrío, de la que
procedía. Rechazó su antigua creencia en el libre albedrío y llegó a creer que
su única responsabilidad era «responder» a los movimientos del Espíritu Santo
en su alma. En esencia, creía que podía
vivir exclusivamente bajo la guía del Espíritu Santo, como si tuviera un
conducto directo con la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Su
influencia creció y su comunidad llegó a contar con cientos de residentes,
entre ellos familias y niños pequeños.
Posteriormente,
Charles Fox Parham siguió las
enseñanzas de ambos, Dowie y Stanford, llegando
a convertirse en el progenitor de facto del movimiento pentecostal oficial y
considerado por los carismáticos católicos como el líder espiritual del
pentecostalismo. La influencia de Parham en la Renovación Carismática Católica
fue enorme.
Y toda esta herejía pentecostal es el origen de la
Renovación Carismática Católica. Charles Parham (1873-1929) creó en Topeka, Kansas, su propio centro
de curación por la fe llamado Bethel. En los días previos al día de Año Nuevo
de 1901, Parham instruyó a sus alumnos
para que estudiaran con gran detalle los Hechos de los Apóstoles con el fin
de discernir la voluntad de Dios para su ministerio. Sus alumnos estaban convencidos de que, si realmente tenían el Espíritu
Santo, manifestarían los mismos dones que los apóstoles y los primeros
discípulos, entre los que se incluían hablar en lenguas extranjeras, curaciones
milagrosas y profecías. Así pues, en Año Nuevo, la comunidad de Parham rezó por un renacimiento del Espíritu Santo y
por recibir los dones carismáticos.
La teología pentecostal sobre cómo operan las gracias
carismáticas por supuesto no es ortodoxa.
La primera noción de que el don de lenguas sería la capacidad de hablar un
idioma extranjero está perfectamente en línea con el pensamiento católico, pero
las nociones de que dejarías de hablar tu propio idioma y que puedes recibir
los dones pidiendo como ellos lo hicieron, carecen de fundamento si se tiene en
cuenta la sabiduría de la Iglesia sobre el tema. Parham afirmó que creía que su nuevo avivamiento del Espíritu Santo
sería «el mayor desde los días de Pentecostés». Parham, masón y alquimista
no sólo fue un estafador espiritual, un sodomita y un oportunista manipulador,
sino que era y era un partidario declarado del Ku Klux Klan, que no sólo es un
movimiento racista, sino una de las organizaciones anticatólicas más virulentas
de Estados Unidos. A pesar de todo ello,
los líderes carismáticos católicos proclaman a Parham como un instrumento de la
Divina Providencia y de la Renovación por el Espíritu Santo, y vinculan su
movimiento a él.
Cuando
se estudian las palabras, tanto escritas como habladas, de los líderes de la RC,
tenemos la sensación de que creen que un
nuevo Pentecostés literal ha llegado a la Iglesia a través de la Renovación:
creen que el Pentecostés ha regresado esencialmente con Charles Parham gracias
a la oración del papa León XIII y que Juan
XXIII y el Concilio Vaticano II abrieron las compuertas de las gracias
carismáticas para que un nuevo Pentecostés pudiera florecer en la Iglesia
católica.
El obispo Athanasius Schneider considera que el pentecostalismo es
hasta cierto punto una nueva religión (Christus Vincit, pp. 235ss): “El
pentecostalista, carismático, sentimentalista, y la experiencia irracional
religiosa ha penetrado en muchas confesiones cristianas e incluso en religiones
no cristianas y presenta un peligro
espiritual real. Tenemos dos ramas principales en el cristianismo: la
cristiandad católico ortodoxa que es sacramental y tiene sus sacerdotes y una
jerarquía episcopal y la protestante, que no lo tiene. Y ahora, tenemos una nueva rama cristiana, la
pentecostalista, que iguala la esencia de la religión con el sentimiento y el
irracionalismo, aunque ya estos principios fueron anticipados de alguna forma
por Martín Lutero. La nueva religión
evangélica cristiana es peligrosa y lleva a la destrucción de la virtud de la
religión, la auténtica relación con Dios. El pentecostalismo termina en subjetivismo y en arbitrariedad. La experiencia y el sentimiento se
convierten en la medida de todas las cosas. Hay una falta de razón, de
verdad, del temor de Dios necesario. Sin embargo, la Revelación divina está
intrínsecamente unida a la razón y a la verdad. Jesucristo, el Hijo Encarnado
de Dios, es la palabra, el Logos, la verdad, la Segunda Persona de la Santísima
Trinidad.
Cuando desaparecen mis sentimientos religiosos, mi fe desaparece.
El pentecostalismo, a largo plazo, daña la fe y la verdad. Desafortunadamente, el fenómeno pentecostal ha penetrado profundamente
la Iglesia Católica a través de la llamada Renovación Carismática. Ni el
Antiguo ni el Nuevo Testamento, ni los Apóstoles, ni los Padres de la Iglesia
aprobaron un sentimentalismo religioso irracional o una práctica litúrgica
donde los sentimientos sean lo central. La religión del Antiguo Testamento vino
a través de la Revelación divina y se caracteriza especialmente por la Ley
(liturgia y mandamientos morales) y por los profetas (con la enseñanza de la
doctrina), que estaban representados por Moisés y Elías en la transfiguración
de nuestro Señor en el Monte Tabor. Nuestra razón se ilumina a la luz de la fe
permaneciendo siempre fe y no el puro racionalismo.
Hasta aquí, la lapidaria cita de
Monseñor Schneider.
Hoy,
la Renovación Carismática es uno de
tantos movimientos modernistas que se han multiplicado en la Iglesia en los
últimos sesenta años. Pero, ¿cómo
fue este movimiento “bautizado” católico?
2. El
cardenal Suenens y el “bautismo” de la Renovación Carismática
Pablo Ginés explica en su artículo de 2017 en Aleteia
que, inicialmente muchos sacerdotes y obispos
acogieron la RCC con frialdad, desinterés o incluso hostilidad, sobre todo en
Europa. Para la jerarquía más interesada en los temas
sociales, los carismáticos eran demasiado místicos, desencarnados o
conservadores. Para la jerarquía más conservadora, los
carismáticos, con su música, sus maneras exuberantes y desinhibidas y “todo ese
alboroto”, eran demasiado desordenados e impredecibles.
En un artículo de 1997 titulado “El carismático
cardenal Suenens”, John Vennari, editor
de Catholic Family News desde 1994 hasta su fallecimiento en 2017, se
preguntaba cómo era posible que, si el pentecostalismo «católico» es una
anomalía, gozara de tanto favor en la Iglesia moderna, e incluso del respaldo
del Vaticano. Y concluía que, puesto que el
pentecostalismo «católico» es ecuménico en sus raíces, tallos, flores y néctar,
sólo podía crecer en el clima de
catolicismo liberal que el Concilio Vaticano II desató sobre el mundo.
La oposición
de Roma al catolicismo liberal dentro de la Iglesia se había mantenido firme
hasta el Concilio Vaticano II. En éste, el liberalismo se manifestó de manera
evidente en las tres novedades
destacadas que emanaron de él: la libertad religiosa, la colegialidad y el
ecumenismo. En este contexto, es
lógico que la figura clave en la «legitimación» de los carismáticos sea una de
las mismas figuras clave responsables del triunfo del catolicismo liberal en el
Concilio Vaticano II, el cardenal belga Leo Joseph Suenens.
En el
discurso de apertura de la Conferencia del 30.º Aniversario de los Carismáticos
en 1997, el pionero carismático Kevin Ranaghan rindió un homenaje especial a
Suenens, el primer «cardenal defensor» de la Renovación Carismática. Ranaghan
elogió a Suenens como un hombre cuya «labor en favor de esta renovación es
legendaria» y le atribuyó el mérito de haber hecho posible el Sínodo
Carismático de 1975 en Roma.
Suenens
estaba firmemente comprometido con el ecumenismo y, dado que la renovación
carismática de base ecuménica es fruto del catolicismo liberal, es lógico que
el cardenal Suenens, rabiosamente liberal, se convirtiera en un «católico
pentecostal» y considerara el movimiento carismático como la niña de sus ojos.
En su libro The
Rhine Flows Into the Tiber (El Rin desemboca en el Tíber), el padre Ralph
Wiltgen informa de que, desde el comienzo del Concilio, el Vaticano II fue
secuestrado por una camarilla de teólogos y prelados liberales, principalmente
de los países renanos. Estos eclesiásticos progresistas estaban decididos a
reformar la Iglesia a su imagen y semejanza. Antes del Concilio, el papa Juan
XXIII había creado en Roma el Comité Central Preparatorio para preparar los esquemas,
documentos que contenían los temas que debían debatir los obispos en el
Vaticano II. El trabajo del Comité duró dos años. Los esquemas preparados eran
bastante ortodoxos y habrían hecho que los debates se desarrollaran siguiendo
las líneas tradicionales. Al inicio del Vaticano II, la camarilla liberal del
concilio, junto con el cardenal Suenens, consiguió que este magnífico trabajo
preparatorio acabara en la papelera. Esto dejó a dos mil quinientos obispos en
Roma sin agenda. Los obispos recurrieron entonces a los periti liberales para que redactaran los nuevos documentos para el
debate. Un golpe de estado en toda regla, con la connivencia del Sumo Pontíce. El
propio cardenal Suenens, en un indiscreto canto de triunfo, proclamó: «El
Vaticano II es la Revolución Francesa en la Iglesia...
En 1974, en
una crítica mordaz al movimiento carismático, el arzobispo Dwyer de Estados
Unidos, firmemente ortodoxo, dijo: «Lo
consideramos sin rodeos como una de las tendencias más peligrosas de la Iglesia
en nuestro tiempo, estrechamente aliada en espíritu con otros movimientos
disruptivos y divisivos; que amenaza con causar un grave daño a la unidad y a
innumerables almas».
[1]
Mary Papa, «People having a good time praying» (Gente
pasándolo bien rezando), National Catholic Reporter, 17 de mayo de 1967

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