Cuenta Ricardo García-Villoslada en la segunda parte de su biografía de Martín Lutero (“En lucha contra Roma”) cómo, tras ser excomulgado, Lutero permaneció en el castillo de Wartburg, Alemania, hasta marzo de 1522. Y que, mientras permanecía allí, Satanás se le pareció en una visión y le reveló cómo había de reformarse la Misa.
El mismo Lutero
describió así la escena: “Me sucedió en una ocasión que desperté repentinamente
cerca de medianoche y Satanás comenzó a disputar conmigo”. Los tres puntos con los que el demonio atacó a la Misa son los mismos
que Lutero terminaría defendiendo: 1) la presencia real de Cristo en
la Eucaristía; 2) el sacerdocio
ministerial, en favor del sacerdocio común de todos los fieles; 3) la negación de que la Santa Misa sea un
sacrificio: la Misa, según el diablo y tras él, Lutero, no sería más que
una cena conmemorativa.
Resulta
aterrador pensar que la intención tan
clara de la abolición del sacerdocio ministerial, tan protestante, proviene así
de directamente del maligno. Aterrador, pero no sorprendente, porque sin sacerdocio no hay Eucaristía y, sin
Eucaristía, no hay Iglesia. Por eso
es mucho más terrible que la Iglesia Católica comience a aceptar como propias
estas ideas como parte de su proceso de protestantización, y que la
jerarquía se dedique a innovar con el
objetivo diabólico – consciente o inconsciente – de la destrucción del
sacerdocio ministerial.
La sutileza en la mentira es
propia del demonio. Sería demasiado burdo y contraproducente plantear
abiertamente las cosas como nocivas. En la Iglesia Católica, una práctica
habitual históricamente, como por ejemplo las reformas de las órdenes
religiosas en todos los tiempos, consistieron siempre en la vuelta a los
orígenes. Pues por aquí, por alguna grieta, se ha introducido la sutil mentira
del demonio, y muchas innovaciones y
rupturas con la tradición han adoptado este concepto de “redescubrimiento” de
tradiciones y vocaciones olvidadas que formaron parte de los primeros
siglos de la Iglesia y después cayeron en desuso. Mi hipótesis, fácil de ver,
es que tales “recuperaciones” son en
realidad invenciones contemporáneas interesadas, protestantizadas,
utilizando un concepto existente en la Iglesia primitiva y cambiándole por
completo el contenido y significado. Peter Kwasniewski reconoce, como también
yo intuyo hace tiempo, que existe una
inteligencia preternatural tras la revolución litúrgica, doctrinal y moral de
la segunda mitad del siglo XX en la Iglesia. Todo lo que se ha ido
insertando en la Iglesia es anti-católico y busca destruirla. Dos casos claros
de ello son el diaconado permanente
y el Ordo Virginum (Orden de las
Vírgenes Consagradas).
Ambas, igual que otros conceptos
y prácticas, se introducen siguiendo el patrón de la ventana de Overton, un modelo teórico de comunicación política
que define el rango de ideas y prácticas aceptables para el público en un
momento dado. Describe cómo propuestas
consideradas impensables o radicales pueden volverse “populares” y convertirse
en ley al mover la percepción social gradualmente a través de etapas:
impensable, radical, aceptable, sensato, popular y políticamente legislable.
Y ese patrón seguirían tras el
Concilio Vaticano II, según mi hipótesis, la introducción tanto del diaconado
permanente como del Ordo Virginum. Vamos a intentar explicarlo.
Comencemos por los diáconos permanentes casados.
En la Iglesia Católica han existido tradicionalmente siete órdenes
clericales, siempre recibidas por varones:
4 órdenes menores y (portero, lector, exorcista y acólito) y 3 órdenes
mayores (subdiácono, diácono, sacerdote).
Y es cierto que en la
historia de la Iglesia hubo multitud de hombres que fueron admitidos a órdenes
para poder vivir, por ejemplo, de rentas eclesiásticas, al no heredar por no
ser primogénitos, por ejemplo. Pero esa costumbre histórica no tiene nada que
ver con el diaconado permanente actual: aquellos varones que habían recibido
las órdenes menores o mayores hasta el diaconado y desarrollaban una carrera
eclesial vivían de manera célibe, porque
el diaconado no fue en la historia de la Iglesia un fin en sí, sino la última
orden antes de recibir el sacerdocio. No
tenía nada que ver con la imagen actual de un señor que realiza en el mundo
cualquier tipo de profesión y es un feliz hombre casado y padre de familia que
los domingos de dedica a sustituir al sacerdote ordenado allí donde éste no
alcanza y celebra paraliturgias.
Si bien es cierto que la Iglesia
postconciliar ha mantenido la figura del diácono en la celebración de la Misa
por un obispo, así como en muchos monasterios, a nivel de organización
diocesana y celebraciones litúrgicas ha
introducido una radical novedad. Ahí está la sutileza del demonio, en esa
mezcla del trigo y la cizaña, en la confusión en las formas, en mezclar lo que
forma parte de la tradición y lo que no, en un proceso de ventana de Overton de
acostumbrar a los fieles a ver a una
especie de sacerdote (los diáconos permanentes pueden vestir con alzacuellos) casado
mientras que, en los textos y leyes, se cambia el contenido.
En este sentido, es
fundamental tener en cuenta la ruptura fundamental con la tradición que se
produjo el 15 de agosto de 1972, cuando el papa Pablo VI
transformó mediante el motu proprio Ministeria quaedam las
órdenes sagradas en ministerios, haciéndolos
parcialmente accesibles a los laicos según el principio del sacerdocio
común de los fieles del Concilio Vaticano II. Redujo los
ministerios procedentes de órdenes menores a dos: el lectorado y el acolitado,
a los que atribuyó todas las funciones reservadas al subdiaconado, que era
anteriormente una de las órdenes mayores. Interrumpió además la
relación de concatenación que vinculaba las órdenes menores al sacerdocio,
y decretó que los ministerios de lector y de acólito estarían orientados -
pero no ordenados - al sacerdocio como seguía estándolo el diaconado en 1972.
Hoy, lo habitual en cualquier página web
diocesana es encontrar sobre el diaconado permanente una explicación del tipo:
“la palabra diácono proviene de un término griego que, en el lenguaje del Nuevo
Testamento, significa ´servicio´ o ´ministerio´. El diácono se ordena al
ministerio de la palabra, la liturgia y la caridad. El diaconado permanente es una realidad que vuelve a renacer después
del Concilio Vaticano II porque la Iglesia toma conciencia de que la
dimensión de Cristo Siervo que se ofrece por su Iglesia se sigue haciendo
presente hoy (…). Una entrega en la caridad, en el servicio a los más
necesitados, en el anuncio de la Palabra y en la preparación de la mesa (sic)
de la Eucaristía”. Este texto está tomado de la web oficial de la diócesis de
Málaga, que continúa afirmando que “para los responsables de formación y
proceso vocacional del diaconado permanente en dicha diócesis, (el diaconado permanente) es ´un signo de
los tiempos y del Espíritu´.
Un elemento clave del nuevo diaconado
permanente del Concilio Vaticano II es que
se trate de hombres casados, “pues el diaconado no anula la vocación al
matrimonio, sino que sus familias son un don para la Iglesia local”: en el día
de la firma del juramento y la profesión de fe del diácono permanente, antes de
la ordenación, las esposas también firman un consentimiento, sin el cual no se
puede seguir adelante”. Vayan a leer en esta web de la diócesis de Málaga el
texto que parafraseo: no tiene
desperdicio en ambigüedad y vacuidad: “los diáconos permanentes no son sacerdotes
de segundo orden ni unos súper laicos; son una bendición de Dios que se está
queriendo hacer presente en la Iglesia de Málaga como siervo de Dios”.
El Concilio Vaticano II trata sobre los diáconos en
la Constitución Lumen Gentium (LG), #29,
en los siguientes términos: “En
el grado inferior de la Jerarquía están los
diáconos, que reciben la imposición de las manos «no en orden al sacerdocio,
sino en orden al ministerio”. Así, confortados con la gracia sacramental,
en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el
ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del
diácono, según le fuere asignado por la autoridad competente, administrar
solemnemente el bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al
matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el viático a los
moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al
pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los
sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura (…). Dedicados a
los oficios de la caridad y de la administración (…). Ahora bien, como estos
oficios, necesarios en gran manera a la vida de la Iglesia, según la disciplina
actualmente vigente de la Iglesia latina, difícilmente
pueden ser desempeñados en muchas regiones, se podrá restablecer en adelante el
diaconado como grado propio y permanente de la Jerarquía. Corresponde a las
distintas Conferencias territoriales de Obispos, de acuerdo con el mismo Sumo
Pontífice, decidir si se cree oportuno y
en dónde el establecer estos diáconos para la atención de los fieles. Con
el consentimiento del Romano Pontífice, este
diaconado podrá ser conferido a varones de edad madura, aunque estén casados, y
también a jóvenes idóneos, para quienes debe mantenerse firme la ley del
celibato”.
De esta mezcla de tradición y novedad y lenguaje ambiguo se ha aprovechado
todo el que ha querido introducir elementos innovadores y rupturistas tras el
Concilio Vaticano II. Fijémonos en esta última frase del documento
conciliar Lumen Gentium y comparémosla con los requisitos que se estipulan para
acceder al diaconado en la web de la diócesis de Málaga que hemos venido
leyendo: en ésta, entre los elementos básicos, se cita la edad mínima de 35
años, pues antes de ella se considera que falta experiencia de vida matrimonial
y familiar, y la máxima, 60 años. Cuánta
insistencia en que se trate de varones casados y padres de familia, ¿no? ¿Por
qué ha de ser un requisito indispensable? Lumen Gentium sólo dice que “este diaconado podrá ser conferido
a varones de edad madura, aunque estén casados, y también a jóvenes idóneos,
para quienes debe mantenerse firme la ley del celibato”.
Por otra parte, se supone que esta condición de diaconado permanente casado es una
vocación, una llamada de Dios, mientras que en la mayoría de casos que he
conocido se trata de “invitaciones” de los párrocos a laicos presentes y
activos en las parroquias; como si la vocación a ser diácono permanente no
naciera desde dentro, de Dios hablando al hombre en su corazón, sino desde
fuera. Claro, los modernistas replicarán que la voz de la Iglesia invitando a
esa “vocación” también es la voz de Dios,
quien, curiosamente, no llamó a nadie en 2000 años a tal “vocación”.
Cuando un varón, cumpliendo con los
requisitos básicos estipulados, solicita al obispo ser admitido al diaconado
permanente, comienza un proceso por el cual va recibiendo los ministerios de
Lector y Acólito y el rito de Admisión. Una vez el candidato ha realizado el
proceso de discernimiento y cubierto su tiempo de formación, pide al obispo ser
ordenado diácono. En la ceremonia de institución, como dijimos, su esposa debe firmar formalmente su
consentimiento, que ya habría dado desde el inicio.
Y ésta
es la faceta en que más claramente se muestra la aplicación de la ventana de
Overton en la Iglesia católica para destruir el sacerdocio ministerial tal como
lo instituyó Jesucristo y lo ha transmitido la tradición de la Iglesia: introduciendo de manera ostentosamente
visible a la esposa del diácono junto a él, para que vayamos acostumbrándonos a
la imagen del sacerdote casado. Por una parte, no fue Jesucristo quien
estipuló que los sacerdotes fuesen célibes, pero es una muy importante
tradición en la Iglesia latina. Y, por otra, en esta misma tradición, como
hemos visto anteriormente, los varones
que recibían las tres órdenes mayores, porque tocan los vasos sagrados, debían
ser célibes. Pues ahora, no. Ahora, el diaconado es un ministerio, no una
orden, y aunque el diácono permanente toque los vasos sagrados, no sólo no
tiene que ser célibe, sino que la Iglesia postconciliar insiste y promueve que
sean casados. En la imagen que ilustra este texto, sin ir más
lejos, podemos ver en una imagen oficial de la diócesis de Detroit al arzobispo
Allen H. Vigneron con los diáconos permanentes más nuevos de la Arquidiócesis
de Detroit. De izquierda a derecha: el diácono Sidney Johnson y su esposa,
Erinn; el diácono Michael Heard y su esposa, Rolanda; y el diácono Alan Pionk y
su esposa, Darcy; junto con el arzobispo Michael Byrnes de Agana, Guam. ¿Para
qué necesitamos saber los nombres de esas señoras? Es más, ¿por qué tienen que
estar en la foto? No tienen ningún rol litúrgico ni de ningún tipo en la
Iglesia… de momento; porque, en esta omnipresencia de las esposas de los
diáconos, expuestas siempre en primera plana, se llega incluso a hablar de la vocación de las esposas de los diáconos
permanentes.
Por el
mismo mecanismo, instituir mujeres lectoras y acólitas después de haber
acostumbrado a los fieles a que las mujeres suban al presbiterio a realizar
estas funciones, y el hecho de que existan niñas monaguillas (ahora, incluso,
en las celebraciones del Papa), cuando las órdenes son desde el inicio de la
Iglesia participación en el sacerdocio y exclusivas para varones, forma parte
de la misma ventana de Overton en el proceso de destrucción del sacerdocio
ordenado y en favor de la ordenación de mujeres. Y el Ordo Virginum aquí tiene
mucho que decir. Lo veremos próximamente, si Dios quiere.

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