Conversión y Pasión de Cristina Campo, la mujer que redactó el Breve Examen Crítico de la Misa de los cardenales Ottaviani y Bacci (II)
“Cristina Campo lideró el proceso”,
afirmó Jean Madiran en su Historia de la
Misa Prohibida, publicado en francés en 2007. Él, que había sido testigo
privilegiado y parte implicada en el combate por la preservación de la liturgia
tradicional, evoca: “Era tres años más joven que yo; pertenecía a esa generación de laicos y
clérigos que, en la edad de la madurez y la acción responsable, tuvieron que
soportar sin vacilar y sin flaquear el primer choque de la nueva misa”.
Pocos meses después de la primera visita de Cristina a San Anselmo, tras su recentísima conversión, el 19 de marzo de 1964, comenzó en la abadía la práctica de la concelebración, el primer paso de una serie de reformas que se intensificarían en los meses siguientes y que serían, a sus ojos, el abandono de la herencia recibida a lo largo de los siglos.
Unos meses
más tarde, el 26 de septiembre de 1964, la Sagrada Congregación de Ritos y el
«Consilium para la aplicación de la Constitución sobre la Liturgia» publicaron
la primera Instrucción para la correcta aplicación de la Constitución sobre la
Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II, conocida por sus primeras palabras, Inter
Oecumenici. Uno de los aspectos que suscitó más expectativas o temores,
más comentarios y controversia, fue la
lengua que debía utilizarse en la celebración de la misa. Las disposiciones
de la Instrucción Inter Oecumenici
entraron en vigor el 7 de marzo de 1965.
El papa Pablo VI dio ejemplo celebrando él mismo ese mismo día una misa con
partes en italiano en la parroquia de Ognissanti (Todos los Santos) de
Roma, el mismo día en que se introdujo
la lengua vernácula en San Anselmo. Al día siguiente, Campo escribiría a su
amiga Mita: “La lepra ha llegado a San
Anselmo (altavoces por todas partes, partes de la misa en lengua vernácula,
discusiones dolorosas donde antes solo había buena voluntad y una sonrisa) y nunca volveré a poner un pie allí,
salvo para ver al buen padre (Mayer), que no puede hacer otra cosa que sufrir
en silencio. A menudo me gustaría hacer
algo, la tentación de siempre, pero la acción, como siempre, provocaría un daño
mayor. En lugar de los altavoces, es el padre (es decir, el superior) quien
debería marcharse. Cuando la iglesia está vacía y a oscuras, voy a verla.
Siento que la amo tanto en esos momentos, con esos horrendos artefactos que
hieren y ofenden sus paredes puras”.
A pesar de sus recelos, de hecho, actuó. Su
primera iniciativa fue publicar, bajo el seudónimo de Guisto Cabianca, una
traducción del artículo de Marcel Proust «La mort des cathédrales» (“La muerte
de las catedrales”), que introduce con una nota de la traductora: “Este estudio
de Marcel Proust apareció en el «Figaro» del 16 de agosto de 1904, con motivo
de la ley de separación de la Iglesia del Estado francés, que preveía, entre
otras cosas, la supresión de los lugares de culto, el inventario de todos los
bienes de la Iglesia de Francia, la inscripción como asociaciones religiosas so
pena de confiscación de dichos bienes por parte del Estado, la «policía del
culto», etc. Una ley que, como es bien
sabido, supuso una victoria espiritual para el episcopado francés, obediente a
la orden de San Pío X: dejarse despojar sin dejar de preservar, en absoluta
pobreza, su misión pastoral. Hoy, sin
ninguna presión por parte de los gobiernos laicos, cuando se oye hablar en los
círculos eclesiásticos del «sacrificio necesario» de las catedrales y del canto
gregoriano, parece oportuno releer la sutil, cáustica y apasionada defensa
de Proust en defensa del inmenso tesoro
del que se ha nutrido todo el gran arte occidental durante siglos —junto con la
fe cristiana—. No es fácil comprender a quién o a qué se están inmolando hoy en
día”.
Dijimos anteriormente
que, para el funeral de su padre, dado que era un hombre de cultura muy
conocido, Cristina Campo consiguió algo insólito: una gran misa de réquiem celebrada por el padre Mayer y cantada por
toda la comunidad de monjes en la abadía de San Anselmo, como si se tratara
del funeral de un miembro de la comunidad monástica. Más tarde escribió: «Nunca he visto ni oído nada más bello en
este mundo. Mientras descendían para formar ese gran círculo alrededor del
ataúd, que marca tan claramente la separación del saeculum, la entrada a otro reino, Elémire (Zolla) dijo: “Te hacen
envidiar a quien está dentro”».
En aquel
funeral, como ella misma contaría unos años más tarde, «prácticamente toda Roma
estaba presente». Al marcharse, Elena
Croce, una buena amiga de Campo, con los ojos llenos de lágrimas, dijo: «Pero
tenemos que salvar todo esto; escribamos al Papa». Sin duda, estas palabras
animaron a Cristina Campo, que ya tenía experiencia en campañas de recogida de
firmas, aunque fuera en temas políticos. Así, prácticamente sola, organizó una impresionante recogida de firmas:
treinta y siete escritores y artistas (entre ellos dos premios Nobel), que firmaron una carta-manifiesto dirigida al
Papa en la que pedían que se mantuviera la liturgia en latín, al menos en las
comunidades monásticas.
Es
importante, para conocer el sacrificio personal que significó para ella esta
batalla, considerar las circunstancias en las que lo hizo: tras la muerte de su
padre, solo le concedieron tres meses para desalojar la casa del Foro Itálico
en la que habían vivido durante la última década, ya que la vivienda pertenecía
al Conservatorio. Sin embargo, en medio
del duelo y de las tareas prácticas que conllevaba desalojar la casa, y
mientras buscaba un lugar donde vivir, redactó
la petición y comenzó a recabar nombres y direcciones de posibles firmantes.
Finalmente
se mudó a la Pensión San Anselmo, en el mismo Aventino, un pequeño hotel
familiar de segunda categoría, a la habitación número 9, que da a una placita
tranquila, frente a la abadía
benedictina que había cobrado tanta importancia para ella.
Por aquel entonces estaba agotada. El 24 de
septiembre de 1965 le escribió a Alejandra Pizarnik que «el cansancio de
sostener una pluma me resulta cada vez más extraño (¿psicosomático?)» y, a
finales de octubre, una carta a un editor sobre la traducción que debería
haberse completado en primavera ofrece más detalles de cómo era su vida en
aquellos meses: “Poco después de la muerte de mi madre falleció también mi
padre. Tuve que ocuparme de todo yo sola, dejar mi casa y, al final, estuve enferma durante mucho tiempo. Ahora mismo estoy empezando a dar algunos pasos. Como puedes imaginar,
tengo los nervios destrozados; sin querer adelantar nada, cumpliré con mis
compromisos lo antes posible y de la mejor manera posible”.
A
principios del año siguiente, el 29 de enero de 1966, unos días antes de que se enviara la carta al Papa, le
escribió a Alejandra Pizarnik: “Mi querida pequeña Alejandra, tu carta me ha
conmovido profundamente. Me ha llegado en un
momento de oscuridad total (los médicos lo llaman crisis nerviosa), fruto
del duelo”.
Fue en estas circunstancias, tan adversas
tanto externa como internamente, cuando logró redactar la petición y recabar
las 37 firmas procedentes de diversas partes del mundo, que se enviaría el 5 de febrero de 1966, y
que decía así: “Artistas y estudiosos, tanto católicos como no católicos,
preocupados por preservar, en el mundo moderno, uno de los mayores patrimonios
culturales y espirituales de Occidente —un patrimonio que corre el riesgo, en
poco tiempo, de convertirse en algo puramente arqueológico—, solicitan que se
presente una petición a la benevolente atención de Su Santidad, el Papa Pablo
VI —una petición que, al parecer, representa ya el deseo de grupos cada vez más
numerosos, tanto de fieles como de no católicos—, para que la liturgia
latina-gregoriana, tal y como se ha celebrado durante quince siglos en las
comunidades monásticas, permanezca intacta y completa, al menos en aquellas
iglesias conventuales que no tienen funciones estrictamente parroquiales; y
para que en esta liturgia, incluida la misa, no haya partes en lengua vernácula
ni música distinta del canto gregoriano; y que en las iglesias conventuales no
se utilicen amplificadores ni otros instrumentos mecánicos que distorsionen
irremediablemente la naturaleza del canto llano y el carácter del lugar. Si Su
Santidad tuviera la bondad de considerar esta petición —que no parece en modo
alguno contraria a la Constitución litúrgica conciliar, y que parece concordar
particularmente bien con las admirables palabras del propio Pontífice en su
discurso a los agustinos el 31 de agosto de 1965 —, ello permitirá a una amplia
parte de los fieles, y a los no católicos que lo deseen, seguir participando o
asistiendo a la liturgia y al canto tradicionales, sin restar importancia a
otras formas litúrgicas adoptadas recientemente en las iglesias parroquiales de
todo el mundo”.
Unos meses
después del envío de la carta-manifiesto dirigida al Papa fundó la sección romana de la asociación internacional Una Voce, dirigida por Éric de
Saventhem.
Tres años
después, en 1969, apareció el nuevo Misal de Pablo VI, con su nuevo
rito de la misa o novus ordo Misae.
“Cuando llega la nueva Misa – dice Madiran -, ella está preparada”. En el
boletín de su Una Voce Roma, Cristina Campo se expresa con fervor, exhortando
a «todos los sacrificios para asistir a la
misa tradicional en latín, la única que es doctrinalmente segura»;
recomienda: «Relean, aprendan de memoria, enseñen ustedes mismos a sus hijos el
verdadero catecismo, el de San Pío X». Invita a «salvar los libros canónicos»,
a recoger misales, breviarios y rituales vendidos en masa a los vendedores
ambulantes, a reunir los discos grabados en Solesmes.
De nuevo, Cristina Campo se pone en marcha. Tiene acceso al cardenal Ottaviani.
Junto con su amiga Emilia Pediconi, obtiene
el acuerdo del cardenal para redactar un escrito de acusación que le será presentado
y que él presentará al Papa. A continuación, crea un grupo de trabajo
formado por media docena de eclesiásticos romanos. Entre ellos se encuentra
Mons. Renato Pozzi, el más decidido y dinámico, antiguo experto en el Concilio.
Cristina Campo también recurre a Mons. Marcel Lefebvre, quien a su vez trae al
P. Guérard des Lauriers. El grupo
trabajó intensamente en abril y mayo de 1969 y llevó a cabo la recopilación de
todo el material que constituiría el Breve
Examen crítico del Novus Ordo Misae. A partir de ahí, el P. Guérard
dictó en francés un texto que Cristina Campo escribió directamente en italiano,
«completado y minuciosamente revisado por ella, sobre todo en lo que se refiere
a la liturgia», según afirman todos los testigos; lo cual significa que se reconocía a Cristina Campo una
competencia y una sensibilidad particulares en la materia. Bernard Tissier
de Mallerais, que no estaba allí, pero que sin duda lo sabe por Mons. Lefebvre,
indica en su biografía del fundador de la FSSPX, a propósito de Emilia Pediconi
y Cristina Campo: «Sin haber estudiado teología, estas damas romanas lo
llevaban en la sangre».
Sin
embargo, no era del todo exacto que Cristina Campo no hubiera estudiado
teología: a partir de 1964, al menos, se dedicó intensamente al estudio de la
doctrina católica, como ella misma describe con una sonrisa: «Por la mañana
desayuno estudiando los cánones del Concilio de Trento, al mediodía sigo
leyendo el Sacramentario Leonino y por la noche ceno con el Concilio de Nicea,
para dormirme con Pascendi». Si bien
esto no la convierte en una teóloga confirmada, al menos tampoco es
doctrinalmente ignorante.
Su lucha litúrgica y doctrinal duró seis años,
de 1966 a 1972. Tenía cuarenta y nueve años y estaba agotada. Debido a su cardiopatía congénita, durante toda su
vida enfermó con facilidad, con dolores en el lado izquierdo, pasando de
convalecencias a recaídas, y necesitando con frecuencia períodos de descanso.
Madiran le dedica bellísimas palabras en su Historia
de la Misa prohibida: “Un cuerpo frágil
y enfermo, un alma de poeta, una voluntad de hierro... Pero en 1972 ya no puede
más. Está profundamente afligida por
no haber podido evitar el desastre litúrgico que se extiende por todas partes,
en las diócesis, en las parroquias, en las escuelas, un desastre para la fe, un
desastre para las vocaciones.
Con la
promulgación del novus ordo Misae en 1969 de hecho se prohíbe la misa
tradicional, que se concede únicamente en casos especiales. En 1970, Monseñor Marcel Lefebvre ha fundado en
Écône, en la Suiza francófona, una fraternidad sacerdotal consagrada a San Pío
X y un seminario de preparación de sacerdotes para ejercer el ministerio según
la liturgia pre-conciliar. Es el comienzo de su largo pulso con Roma. Tras una
visita apostólica, la Santa Sede decide la disolución de la fraternidad, el
cierre del seminario y la prohibición al clero y los fieles de mantener al
prelado. Lefebvre rechaza plegarse a aceptar las disposiciones de Roma y es
suspendido a divinis. John Lindsay Opie, amigo de Cristina Campo, narra la
admiración de Cristina Campo por Mons Lefebvre. Le visitó y le escribió en
diversas ocasiones. En una carta fechada en 1967 le confiesa ya “estar
perdiendo todo el deseo de seguir luchando”
En 1968,
Cristina había encontrado una casita de principios de siglo y dejó la
habitación en la pensión San Anselmo. Su nuevo hogar está prácticamente al
lado, en la misma colina del Aventino. Zolla alquiló el semisótano de la
pensión en la que habían residido ambos, en habitaciones distintas, para “tener
un poco de tranquilidad cuando el vaivén de los compañeros de lucha de Cristina
le molesta demasiado”, en palabras de su biógrafa, Cristina de Stefano. De
hecho, en el nuevo hogar de Cristina, habitado por numerosos gatos, se suceden
sin cesar encuentros con personajes de diversas procedencias que pivotan en
torno a ella, tanto laicos como religiosos, que no quieren arrojar la toalla en
la lucha por la liturgia tradicional latina de la Iglesia Católica, que sufren
por el misterio de Iniquidad que ha
alcanzado a la cima de la Iglesia.
Cristina no puede soportar asistir a la Misa
de Pablo VI. Se trata para ella de una auténtica apostasía. En 1968,
Elémire Zolla, preocupado por la
depresión en la que Cristina había caído tras la victoria de los reformistas,
la conduce a descubrir el Pontificio Colegio Russicum, el seminario de los
sacerdotes que serán enviados a las tierras de rito oriental. Cristina
Campo descubre en el Russicum las joyas
del rito bizantino – eslavo. Todo, en esta liturgia, parece estar hecho
para conquistarla: los gestos solemnes, los riquísimos ornamentos, las palabras
misteriosas pronunciadas en una lengua antigua. El Russicum se convierte en
su refugio: participa con regularidad en el rito, se inclina frente a las
puertas del iconostasio, se postra en el suelo durante las celebraciones.
Sus últimos años de vida son difíciles. Todo se
ralentiza. El corazón falla cada vez más a menudo. Durante largos periodos se
siente paralizada por la angustia: “el horrible nudo”, como ella la llama. Está tan débil, por el corazón y los
nervios, que teme no ser capaz de soportar la fatiga que suponen las salidas y
las largas celebraciones litúrgicas. Y, además, la asusta el peso de la
belleza, tiene miedo de romper a llorar al primer canto sagrado. Ya casi no
sale de casa. “Yo no sé cuál es el
camino, pero Tú si lo sabes”, dice a Dios desde su oscuridad. De este
silencio nacen siete largos poemas litúrgicos, dominados en el contenido y en
la forma por el tema del rito. En estas composiciones poéticas, vastas y
rítmicas – afirma su biógrafa -, Cristina Campo alcanza la cumbre de su
expresión poética; en ellos celebra la nueva dimensión que le ha sido revelada.
Sufre, pero el rito bizantino – eslavo ha afianzado su fe.
Vittoria
Guerrini / Cristina Campo falleció en
Roma el 10 de enero de 1977, tres meses antes de cumplir los 54 años, a
causa de un fallo cardíaco. Lina Ajello, viuda del escritor Tito Casini la
recordaba así: “ella era todo alma. Un alma grande en un cuerpo muy ligero”. Supo bien que
la Iglesia sobreviviría; que habrá monasterios, menos numerosos de lo que
se podría imaginar, para mantener la tradición del gregoriano y de la misa. Pero también admitió, como John Senior (“we
have lost”) la derrota de la tradición litúrgica en los años 1970 y supo que
este eclipse general era una catástrofe para la civilización, que significa
desgracias y sufrimientos para varias generaciones”. Tras la muerte de
Cristina, su gran amiga María Zambrano escribió: “la pura llama encendida, que consume el tiempo y lo crea, y se
siente que, al extinguirse, el tiempo o algo del tiempo se extingue también con
ella. Y que ella misma ha acabado con su tiempo, el que se le hubiera dado como
duración. La duración ha sido consumida,
reducida a arder, fuego-luz.

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