Puede parecer que vamos a hablar de dos temas distintos; pero los católicos no creemos en las casualidades y yo veo aquí más causalidad e intención de la que se aprecia inicialmente.
Comencemos con el ejemplo de una
diócesis que agoniza. Hay muchas, desgraciadamente, especialmente rurales, pero
vamos a profundizar sobre una de la que ya hablamos este mismo año: Solsona, en Cataluña. El pasado 21 de junio,
un único sacerdote fue ordenado en esta diócesis, nada menos que diez años después de la anterior ordenación sacerdotal;
una ordenación que también fue en solitario.
Por otra parte, en la misma
diócesis de Solsona, el domingo 19 de abril, “la catedral acogió, por primera vez, una celebración de institución de
ministros extraordinarios de la comunión. Un total de cuarenta y cinco personas
de diferentes parroquias de la diócesis recibieron este ministerio”. Según
datos oficiales del propio obispado, se trata de una diócesis eminentemente
rural, en la que el 75% de sus 169
parroquias no pasan de 300 habitantes y las más grandes no alcanzan los
20.000. Su población es de 140.000
habitantes. Cuenta con 39 sacerdotes
residentes en la diócesis, 1 fuera de la diócesis, 2 en países de misiones y
cuatro sacerdotes extradiocesanos. En
total, como se puede ver, el número de ministros extraordinarios de la comunión
supera al de sacerdotes.
La estrategia de Conesa de celebrar liturgias de la Palabra (conocidas
eufemísticamente como “celebraciones en ausencia – o en espera – de
presbítero”) en un número cada vez mayor
de templos y poblaciones es opuesta a la de concentración de las Misas de su
antecesor Novell, que había establecido radios de kilómetros y números
mínimos de asistentes. Novell trabajó
mucho por la evangelización: dijo literalmente que lo apostaba todo al método Alpha y puso también a muchos laicos a
evangelizar y dinamizar parroquias. No optó, empero, por la generalización de
las paraliturgias, aunque sí buscaba el crecimiento del colectivo de los
diáconos permanentes casados.
Sea como fuere, es una diócesis prácticamente estéril en
vocaciones sacerdotales en las últimas décadas, viéndose así comprometido
el mantenimiento de la estructura eclesial: tras dos únicas ordenaciones en más
de quince años, en el seminario hay actualmente tres seminaristas. Como
consecuencia, seguramente, el obispo
Francesc Conesa sigue aumentando el número de laicos clericalizados en
diversas funciones, porque los sacerdotes no llegan. Así, los medios de
comunicación de la diócesis informaban recientemente de la creación y primeras
acciones de un Equipo Motor de la
Pastoral Diocesana:
“El Plan de
Evangelización de la Diócesis de Solsona propone detectar a las personas laicas que pueden ejercer ministerios al
servicio de la comunidad y confiarles responsabilidades en la vida
parroquial y diocesana. Este plan de evangelización recomienda constituir en
las parroquias un Equipo Motor propio de acción pastoral.
Para llevar a
cabo este objetivo en el ámbito diocesano, el obispo ha considerado oportuno
crear un equipo que sea motor de la pastoral diocesana. Por este motivo,
contando con el parecer favorable del consejo episcopal de gobierno, del
consejo presbiteral y del consejo diocesano de pastoral ha constituido el
Equipo Motor de la Pastoral Diocesana (EMPD).
Este equipo
tiene como función principal dinamizar la acción pastoral en la diócesis,
ayudando a orientarla e impulsando una pastoral orgánica y evangelizadora,
desde una corresponsabilidad diferenciada. El equipo está formado por cinco
personas escogidas por el obispo, para un tiempo de cuatro años. Estas personas
son laicas implicadas en la pastoral parroquial y/o diocesana.
El día 18 de
junio, el obispo Conesa se reunió con el recién creado Equipo Motor para
comenzar a trabajar. El Equipo Motor de la Pastoral Diocesana estará en
estrecha relación con los consejos diocesanos, especialmente con el Consejo
Pastoral Diocesano”.
Aparte de que yo no asistiría
nunca a una parroquia en la que unos señores se dedican por mandato episcopal a
“detectar” a los fieles que asisten a Misa con el fin de imponerles tareas de
supuesto servicio que nada tienen que ver con su vocación, no crean que ha sido
fácil reescribir las líneas de la publicación de instagram para que fueran
comprensibles. Pareciera que Groucho
Marx es el community manager de la
diócesis de Solsona. Por si no tuvieran ya suficientes problemas.
Y hablando de gente que escribe mal, enlazamos con el
segundo tema que puede leerse en el título, el de la reciente publicación en PPC (sí, PPC) de un libro de ese siniestro sacerdote
tortosino de la Congregación de la Doctrina de la fe, Jordi Bertomeu i Farnós. El título del libro, “Parroquias dirigidas por laicos”, es sin duda demasiado oportuno, oportunista, podríamos decir, en la actual coyuntura eclesial, en
las que los obispos de diócesis
moribundas, como acabamos de ver en el caso de Solsona, se encomiendan a los
laicos.
El libro, podemos afirmarlo ya de entrada, es de una
calidad ínfima; lo que coloquialmente definiríamos como un libro malo. Dice Bartomeu que lo ha
escrito “entre aeropuertos y vuelos”. Se nota: o acumulaba cansancio o ha ido
escribiendo por partes sin comprobar el conjunto. Pero lo peor no es sólo que
sea un libro de baja calidad, sino que es un libro malo, tóxico, nocivo para la fe y para
la Iglesia, por su contenido.
En su cuenta oficial de Instagram, la librería diocesana
de Tarragona presentaba el libro, aparecido a principios del pasado mes de
junio, de la siguiente manera: “¿Quién ha de sostener la vida de nuestras
comunidades? ¿Sólo los sacerdotes? ¿O todo el Pueblo de Dios? ¿Somos realmente
sinodales? En esta obra valiente y rigurosa, Jordi Bertomeu aborda una de las
cuestionas más decisivas para el futuro de la Iglesia: la participación de los laicos en la responsabilidad pastoral de las
parroquias. El libro reflexiona sobre
las posibilidades que ofrecen el Derecho Canónico y la teología del bautismo
para avanzar hacia formas nuevas de servicio y gobierno compartido. Una
lectura que recuerda que la misión de la Iglesia nace del bautismo y que la
sinodalidad no es solamente una palabra, sino una manera de caminar juntos. ¿Ha
llegado el momento de una Iglesia más valiente? ¿Ha llegado el momento de una
Iglesia capaz de confiar más en sus laicos y de reconocer todos los dones que
el Espíritu continúa suscitando en el pueblo fiel? Este libro nos ofrece
pistas”.
Estas palabras, que pretenden ser una apología del libro
de Bertomeu, son tristemente ciertas, pero de ninguna manera un católico
debería ver en estas circunstancias motivo alguno de alegría.
Resulta que Bertomeu
es doctor en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad Gregoriana de
Roma con una tesis defendida en 2013
titulada “La dirección parroquial confiada a los laicos: ¿expresión de una
nueva ministerialidad en la Iglesia? Estudio exegético del can. 517 § 2”.
Este canon del Código
de Derecho Canónico de 1983 dice lo siguiente: “Si, por escasez de sacerdotes, el Obispo diocesano considera que ha de encomendarse una
participación en el ejercicio de la cura pastoral de la parroquia a un diácono
o a otra persona que no tiene el carácter sacerdotal, o a una comunidad,
designará a un sacerdote que, dotado de las potestades propias del párroco,
dirija la actividad pastoral”.
Pues
bien, dice Bertomeu que en 2018 el papa Francisco, su gran valedor, y a quien
se dedica a alabar ad nauseam, le
animó a convertir en una publicación su tesis doctoral. Y así, en la
introducción, afirma el sacerdote: “El
nuevo can. 517 § 2 del Código de Derecho Canónico de 1983, promulgado en el
horizonte renovador abierto por el Concilio Vaticano II (1962 – 1965), abrió una rendija por la que comenzó a
filtrarse un aire que hablaba de encarnación en la realidad: la posibilidad de
que quienes no han sido ordenados ad
sacerdotium – diáconos, religiosas y religiosos, laicas y laicos (sic) – no
sólo “cooperaran” como hacían desde hacía siglos (…), sino que “particparan” de
modo efectivo en el ejercicio de la cura pastoral de los parroquianos. Con esta nueva posibilidad canónica,
creativa donde las haya, el gobierno parroquial dejaba de ser un ámbito
estrictamente reservado a los sacerdotes. El
reconocimiento jurídico de esta forma inédita de gobierno eclesial o
liderazgo ministerial supuso una consolidación normativa de prácticas que
estaban emergiendo en diversas realidades del orbe católico, en particular en
regiones de Sudamérica (sic) aquejadas históricamente de una grave carencia de
clero”.
La
sección de la introducción en la que Bertomeu hace estas reflexiones lleva por
título “continuidad creativa”, para luego acabar, en dos párrafos, hablando de
“forma inédita” y, finalmente, de “novedad” que se supone es motivo de
celebración. Una ruptura con la tradición y una innovación de carácter
protestantizante en toda regla.
Hay mucha basura en este libro. Mi parecer es
que, por salud espiritual y mental, es mejor no leerlo. A mí me ha supuesto un gran sacrificio y mucho sufrimiento.
Imagino que, si siguiera vigente el Índice
de Libros Prohibidos, que tenía como objetivo defender a las almas ante
semejantes obras tóxicas, hubiera sido incluido. Pero esos tiempos han pasado y
ahora se promueven la heterodoxia y la
protestantización desde el corazón del Vaticano. Porque éste, considero, es
el gran peligro de esta obra: promover la
protestantización. Cierto es que no lo hace desde el vacío, sino apoyado
nada menos que en el vigente Código de
Derecho Canónico, que incorporaba en 1983 un canon impensable en tiempos
pasados. Esa solución creativa, que
como el mismo Bertomeu reconoce es una ruptura con la tradición, intenta siempre
hallar su justificación en los países de misión y la falta en ellos de
sacerdotes. Olvidan que, en los países de misión, la falta de sacerdotes se
da en los inicios de la evangelización, y que los servicios de catequistas y
religiosas en la liturgia deben finalizar cuando existe número suficiente de
sacerdotes. En Occidente nos
hallamos en la situación inversa: la
falta de sacerdotes se debe a la apostasía generalizada de los bautizados, por
los signos de los tiempos y también por la traición de la Iglesia a sí misma.
La tan celebrada incorporación de los
laicos al gobierno de las parroquias es entonces una falsa solución,
protestantizante, que reduce a su mínima expresión la celebración del Santo
Sacrificio del Altar que es la Misa y el sacramento de la confesión en las
parroquias y empuja a los fieles a comulgar de manos de laicos, de personas que
no han recibido el sacramento del orden, en la inmensa mayoría de los casos sin
que se hayan confesado antes. Ya hemos insistido en esto en ocasiones
anteriores: los obispos nos engañan. El
precepto de la Iglesia es oír Misa. El precepto no es comulgar. Y muchos
obispos están ocultándolo a los bautizados y les hacen comulgar sin oír Misa,
en una auténtica subversión del precepto.
Y quienes se dan cuenta y no quieren participar de esta farsa y sí cumplir
verdaderamente el precepto, en las zonas rurales se ven obligados a recorrer
muchos kilómetros para dar culto al Señor. Y muchísimos más kilómetros si
quieren hacerlo como Dios manda, en la Misa de siempre.
Bartomeu lamenta que muchos obispos son aún reacios a aplicar
el canon 517 § 2.
Pues bien, no parece ser éste el caso del obispo
Conesa de Solsona, en cuya apuesta
pastoral por los laicos nos hemos centrado, aunque hay decenas de obispos en
España haciendo lo mismo. Por eso considero que la publicación de este libro no
es casual. No lo escribe el Pontífice como acto magisterial ni es un
documento oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Pero es obra de
un turbio Monseñor que recibe misiones especiales basadas en la confianza
personal y se desenvuelve en ese submundo eclesial de cloacas, entre las técnicas mafiosas y el creerse por encima de la
ley. Por eso, considero que no es descabellado pensar que, aun no siendo un documento oficial eclesial, sí vaya a convertirse en oficioso, justificando el hecho de
que los laicos ocupen todo tipo de ministerios y cargos en el gobierno de las
parroquias.
El sacerdote Antonio María
Domènech afirmaba no hace mucho en una entrevista que “el futuro de las iglesias rurales era el cierre”. Y, tristemente,
las cifras y la situación de las diócesis rurales le dan la razón. Bertomeu no
lo menciona, y tampoco lo hacen los obispos, pero la gravedad de la situación
es doble cuando no sólo escasean los sacerdotes, sino también los fieles. Si
Dios no le pone remedio, a corto plazo, los flamantes equipos motores
parroquiales y diocesanos de Solsona, los agentes de pastoral y los ministros
extraordinarios de la comunión podrán
englobarse en un mismo ministerio al que le iría ideal el nombre de Delegación
Diocesana de Juan Palomo, porque serán los mismos laicos clericalizados los
que estarán en los despachos, en los presbiterios y en los bancos de los
templos. Los demás fieles, los que quieran oír Misa de verdad, se dedicarán a
hacer kilómetros en sus coches cada domingo y fiestas de guardar, huyendo de
ese aquelarre, para proteger sus almas.
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