Es un hecho evidente que León XIV ha hecho suyo el proceso sinodal iniciado por Francisco. Y es un hecho también que la sinodalidad nos preocupa a muchos bautizados: la vaguedad del concepto, la insistencia desde la jerarquía eclesiástica, las contradicciones con el magisterio anterior y otras causas provocan el rechazo de la sinodalidad por parte del sensus fidei fidelium. Y por eso aparecen continuamente artículos tratando sobre este tema convertido desgraciadamente en protagonista en una Iglesia actual auto-referencial y centrada en estas cuestiones como poco, estériles, y como mucho, nocivas.
Sobre el “camino sinodal” alemán desarrollado por el
episcopado alemán con la pretensión de aplicarlo a la Iglesia Universal, el
cardenal Raymond L. Buke afirmó en 2023 lo siguiente: “Se nos
dice que la Iglesia que profesamos, en comunión con nuestros antepasados en la
fe desde el tiempo de los Apóstoles, ser Una, Santa, Católica y Apostólica,
ahora debe ser definida por la sinodalidad, un término que no tiene historia en
la doctrina de la Iglesia y para el que no existe una definición razonable. La
sinodalidad y su adjetivo, sinodal, se han convertido en eslóganes tras los que
se esconde una revolución para cambiar radicalmente la autocomprensión de la
Iglesia, de acuerdo con una ideología contemporánea que niega mucho de lo que
la Iglesia siempre ha enseñado y practicado. No se trata de una cuestión puramente
teórica, pues la ideología ya se ha puesto en práctica, desde hace algunos
años, en la Iglesia en Alemania, difundiendo ampliamente la confusión y el
error y su fruto, la división, con grave prejuicio para muchas almas. Con el
inminente Sínodo sobre la sinodalidad, es de temer, con razón, que la misma
confusión, el mismo error y la misma división, lleguen a la Iglesia universal”.
También en 2023, el cardenal Müller calificó a la sinodalidad de conquista
hostil de la Iglesia católica y el difunto cardenal Pell, de “pesadilla
tóxica”.
Más recientemente, Don Jorge González Guadalix decía en
InfoCatólica con su habitual clarividencia lo que muchos pensamos: “el invento del sínodo
de la sinodalidad siempre me pareció una tomadura de pelo”. Y citaba las
palabras de Mons. Rob Mutsaerts, Obispo auxiliar de ’s-Hertogenbosch:
“Mi pregunta es sencilla y grave: ¿está ayudando el proceso sinodal a acercar
realmente las almas a Cristo y a la salvación eterna?” ¿Se ha fortalecido la
fe? ¿Se ha proclamado a Cristo con mayor claridad? ¿Se ha profundizado la
identidad católica? ¿Han aumentado las conversiones, la asistencia a misa, las
vocaciones sacerdotales? ¿Ha crecido la reverencia eucarística? ¿Se ha
clarificado la enseñanza moral de la Iglesia? Porque, en el discurso sinodal
actual – afirma don Jorge González -, la
sinodalidad amenaza con convertirse
en un fin en sí misma. Y ahí comienza, desde una perspectiva católica
tradicional, el problema”.
Y mientras
estas voces proféticas alertan del peligro, desde la oficialidad eclesial se
nos dice otra cosa. Veamos sólo dos ejemplos recientes. Infovaticana publicó hace unas semanas un texto
de Brad Miner titulado “La sinodalidad matará al catolicismo”, donde podía
leerse que “La pretensión de haber recibido la
Verdad y de guardarla es toda la razón de ser de la Iglesia y la hace algo distinto de una asociación religiosa
voluntaria. Pero la sinodalidad, digan lo que digan sus defensores, introduce
un mecanismo capaz de disolver esa pretensión: un proceso permanente,
indefinido y participativo para generar consensos eclesiales contemporáneos
interminables que funcionan cada vez más como fuentes rivales de autoridad
junto al depósito asentado de la fe y —desde el punto de vista de los
innovadores— por delante de él y, por tanto, del Magisterio destinado a guardarlo.
La vaguedad que hemos visto hasta ahora en el proceso sinodal no ha sido
incidental. Es una característica, no un defecto. Tras múltiples reuniones
sinodales, la Iglesia sigue sin una definición fija de sinodalidad: solo
descripciones de un «estilo», un «proceso», un «instinto»; y esta incapacidad
de definir con claridad la sinodalidad no es una omisión menor”.
En otro texto, titulado “Vender la sinodalidad
radical como profecía social,
InfoVaticana informaba sobre cómo la reciente asamblea anual de la Conferencia de
Liderazgo de Mujeres Religiosas recibió un mensaje en vídeo del Papa en el cual
afirmaba que “todos los cristianos están llamados a ser constructores de la
comunión de Cristo, formados en una
Iglesia sinodal en la que todos cooperen en la misma misión según su propio
carisma y ministerio. De manera especial, quienes integran la vida religiosa
están llamados a convertirse en expertos
en sinodalidad debido a las oportunidades que la vida comunitaria les
brinda para practicarla, así como por la estructura misma en que están
organizadas sus congregaciones”. En el encuentro, la religiosa francesa
Nathalie Becquart, secretaria del Sínodo de los Obispos, realizó comentarios
opacamente reveladores: “la sinodalidad se presenta como una innovación
necesaria, una cultura distinta, un esfuerzo de reforma indispensable para
recuperar la verdadera identidad y vitalidad de la Iglesia. La sinodalidad
implicaría el nacimiento de un nuevo estilo de «ser Iglesia», pero no sería «otra
Iglesia» en contradicción con la Iglesia presinodal.
El P. Gerald E.
Murray, autor de este artículo traducido de The Catholic Thing, tiene claro que
“el proyecto sinodal es un intento de remodelar la Iglesia Católica
para convertirla en una entidad nueva, afín a diversas iglesias protestantes”,
y que “la aplanadora de la sinodalidad
constituye un peligro para la Iglesia. Debe ser reconocida por lo que es y
detenida antes de que cause más estragos en la Iglesia”.
Desde esta modesta tribuna, quiero expresar mi total
acuerdo con el P. Murray. Estoy cada vez más convencida de que, mucho más que
la iglesia “conciliar” o “postconciliar”, la
iglesia sinodal pretende dar el toque de gracia a la Iglesia de Cristo y
convertirla en otra cosa. Está de hecho funcionando como un concilio
encubierto, con sus distintas sesiones, en un proceso inacabable. En el que
hemos visto, siguiendo los textos citados, cómo se exhorta / obliga a los
religiosos a convertirse en sinodales, sea eso lo que sea. De la misma manera
que tras concilios como el de Trento
o el Vaticano II, las órdenes y congregaciones religiosas modificaron sus
constituciones. La sinodalidad no se
propone. Se impone.
Pero ocurre un hecho dramático: la sinodalidad que se
impone constituye una continuidad total con el espíritu del concilio (Vaticano II) y una ruptura igualmente total
con la tradición bimilenaria de la Iglesia. La falsa libertad religiosa, el
falso ecumenismo, la nueva liturgia antropocéntrica, la visión democratizadora aplicada a la Iglesia y naturalista, el
ecologismo. En definitiva, el culto al hombre sustituyendo el culto a Dios
constituyen la nueva iglesia sinodal que
pretende aniquilar a la Iglesia Católica Apostólica.
No desvelamos nada nuevo si decimos que el inicio del
Concilio Vaticano II significó un golpe de Estado en la Iglesia: la minoría
modernista / progresista, bien organizada, tumbó
los esquemas preparados por la curia, excepto Sacrosanctum Concilium, sobre la liturgia, que ya había sido
redactado por modernistas, y hubieron de ser redactados nuevos textos, la
mayoría de ellos minados de ambigüedades y errores ya condenados; muy
ufanamente, el cardenal Suenens declaró que el Concilio Vaticano II era “la
revolución francesa en la Iglesia”.
Peter Kwasniewski tiene razón cuando afirma que “de Pío X a
Francisco, el modernismo había pasado de estar desterrado a ser entronizado”: La
secuencia histórica de los acontecimientos es clara: en 1907, San Pío X ya
había denunciado en la encíclica Pascendi
el modernismo infiltrado en la
Iglesia, con teólogos laicos y clérigos actuando
de manera oculta en la Iglesia. La infiltración denunciada continuó
creciendo sobre todo en los países atravesados por las aguas del Rhin hasta
hacerse con la Iglesia en el Concilio Vaticano II. Ya no necesitaban ocultarse.
Teólogos como Congar, Rahner, de Lubac, Küng, que habían sido tildados de
heterodoxos por la Iglesia, ahora eran expertos o peritos conciliares,
acompañando a diversos obispos y cardenales. A cara descubierta, teólogos y cardenales modernistas introdujeron en los documentos conciliares principios
condenados hasta por el último papa pre-conciliar, Pío XII, y lo hicieron impulsados y apoyados por una de las
figuras más contradictorias y trágicas de la Iglesia del siglo XX, el papa
Pablo VI.
A mediados del siglo XX y ya masivamente tras el Concilio
Vaticano II, los modernistas (o progresistas)
se hicieron con los más altos puestos de
la jerarquía. Como en la crisis arriana del siglo IV, pero peor, porque,
como advirtió San Pío X, el modernismo
es el compendio de todas las herejías.
En 1982, el cardenal Ratzinger, prefecto
de la Congregación por la Doctrina de la Fe, declaró que, «si se quisiera
ofrecer un análisis de Gaudium et Spes en su conjunto, podríamos decir
que (junto con los textos sobre la libertad religiosa y las religiones del
mundo) se trata de una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de
contra-syllabus». La observación del cardenal Ratzinger de que, en la época del
Concilio Vaticano II, «aún no existía una declaración fundamental sobre la
relación que debía existir entre la Iglesia y el mundo posterior a 1789 resulta
curiosa cuando se tiene en cuenta las grandes encíclicas de los papas
posteriores a 1789 que condenaban los errores modernistas del mundo, poniendo
de manifiesto una «relación» de clara oposición entre la Iglesia y el
mundo posterior a 1789 —declaraciones con las que, al parecer, la mayoría de
los participantes en el Concilio Vaticano II quería mostrar su desacuerdo—. El
cardenal Ratzinger pareció admitir con franqueza precisamente eso cuando
escribió: «Contémonos con decir aquí que el texto [de los documentos del
Concilio Vaticano II, especialmente Gaudium et Spes] sirve como un
contra-syllabus y, como tal, representa, por parte de la Iglesia, un intento de
reconciliación oficial con la nueva era inaugurada en 1789».
Pero lo que
la jerarquía eclesiástica pretendió imponer a partir del Concilio Vaticano II atentaba
de tal manera contra el sensus fidei que no lograron aplastar la disidencia ni
acabar con la tradición de la Iglesia, como pretendían. La nueva iglesia sí provocó, empero, que los templos se
vaciaran y las vocaciones cayeran en picado. El progresismo más descarnado fue envejeciendo, pero el conservadurismo
le ayudó a mantener la revolución que había comenzado.
Hoy, la
sinodalidad pretende acabar el trabajo que comenzó el espíritu del concilio, pero que no pudo rematar: la
“sinodalidad”, antiguamente conocida como “iglesia sinodal” o “espíritu del
concilio”, parece haber triunfado: de la condena de todos los papas desde
Gregorio XVI a Pío XII, con sus propuestas de libertad religiosa y ecumenismo,
su moral inmoral y su liturgia antropólatra, es predicada actualmente como magisterio ordinario. Lo que era
tolerancia religiosa ahora es una libertad religiosa que la Iglesia siempre
condenó, y se pretende obligarnos a acatarla. Además, ¿no están en total
consonancia con la sinodalidad predicada por los pastores los innumerables carismas y movimientos actuales, tales
como Hakuna, el Camino Neocatecumenal, el Opus Dei, el Regnum Christi, la
Renovación Carismática, Emaús, Alpha y demás? ¿No son movimientos modernistas,
producto de una neo-iglesia modernista-sinodal?
Aun así, la sinodalidad repele de tal manera al sensus
fidei fidelium, que no es sólo que no convenza a muchos, sino que una minoría resistió desde el inicio y
resiste hoy firmemente. Una minoría creciente en números, no exenta de problemas,
divisiones internas y contradicciones, pero una minoría de bautizados se asió firmemente a la Iglesia de siempre
como única tabla de salvación. Porque qué desprecio tan grande
a Dios y a tantos santos y fieles sencillos supone creer que, de 2000 años de
Iglesia, sólo hace 60 que se ha descubierto la verdad. Una verdad que invalida
toda la enseñanza y praxis católica anterior a este "despertar".
¿Existe remedio
a la sinodalidad? ¿Existe la posibilidad de que la Iglesia siga siendo la
Iglesia de Cristo? El Señor mismo nos prometió que las puertas del infierno no
prevalecerían. Así que debemos rogar continuamente su asistencia y su gracia
para mantenernos fieles, para custodiar y transmitir íntegro del depósito de la
fe.
* Para una profunda explicación del actual concepto de sinodalidad y su evolución a lo largo de los siglos XX y XXI, recomiendo este vídeo de la FSSPX en Colombia.

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